Rafael Ibarguren
En la Cuaresma se invita a los fieles a prepararse para vivir el misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En suma, su triunfo sobre el pecado y sobre la muerte.
Por eso mismo es un tiempo de penitencia, de reconciliación, de purificación. Un tiempo donde la liturgia, con sus ceremonias y lecturas propias, nos interpela sobre lo que hay de más medular en el Evangelio: el apelo a la conversión.
Un cristiano tiene como deber permanente el imperativo de convertirse. A cada momento le compete corregirse, superarse, mejorar. No es que uno se convierte una vez y “ya está”. La conversión es cosa de todos los días. La oración, el servicio, el deber, son obligaciones cotidianas.
No hay que pensar, pues, que el llamado a la conversión se hace sólo durante la Cuaresma. En todo tiempo la Iglesia invita a la conversión. Ella, como buena madre y excelente pedagoga, convida a vivir el misterio de la salvación durante los 365 días del año, alternando el gozo, el dolor, la luz y la gloria según un sabio itinerario que respeta los ritmos naturales de la sicología humana. La aventura de la conversión se hace así, atractiva y fascinante.
En su reciente Carta Apostólica sobre el Santo Rosario, el Papa Juan Pablo II tiene unas meditaciones bellísimas sobre cómo el misterio de Cristo está íntimamente ligado al misterio del hombre. El Santo Padre dice que el Rosario puede con propiedad llamarse un “compendio del Evangelio” para después agregar: “El simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana”. ¿Cómo es eso?
Dice el Pontífice: “Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. (…) Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazareth se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado (…)”.
En el Adviento y la Navidad, el gozo inunda el alma y se experimenta con alegría el misterio de la Encarnación. En la Cuaresma y la Semana Santa, la fuerza de la Redención resplandece con un fulgor particular, moviendo a la piedad y a la compasión. Y cuando en el calendario litúrgico se celebra un mártir, una virgen o un confesor, uno como que se va familiarizando con el heroísmo, con la pureza y con la misión, que son facetas de la propia vocación.
Este tiempo de Cuaresma que inició ayer debe disponernos a recibir con júbilo la buena noticia de Jesús muerto y resucitado para poder anunciarlo al mundo. A un mundo conturbado y en caos, que tanto necesita –como el hijo pródigo del Evangelio– de perdón y de conversión.
El autor es miembro de la Asociación de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.