Daniel Aragón [email protected]
“Tú me hiciste en el vientre de mi madre”: Sal.139:13
Habían pasado ya seis meses y el llanto en mi esposa aparecía sin previo aviso. Cuando recordaba el hecho las lágrimas brotaban espontáneas sobre su rostro de mujer adulta. En poco resultaban las palabras de aliento, de apoyo y protección que yo le vertía y a pesar de la consolación encontrada en las Escrituras y la oración diaria, al nuevamente evocar lo sucedido no podía contener su dolor de madre frustrada.
Esto sucedió hace tres años, entonces mi esposa tenía 41 años (una mujer de experiencia) y a pesar de contar con dos hermosos hijos y una bella hija (la menor contaba 14 años) soy testigo de cómo sufría mi esposa por aquel legrado de emergencia que le practicaron en el hospital cuando tenía seis semanas de embarazo, cuando llegó con sangrado pues nuestro niño(a) se le desprendió de la matriz porque a ella le había dado dengue y ya no estaba tan fuerte como cuando era muchacha.
Como pastor cristiano he tenido la experiencia de ministrar a mujeres que han sufrido abortos tanto provocados como por accidentes, y he constatado que a pesar del paso de los años estas mujeres sufren de angustia, ansiedad y por supuesto de culpabilidad y otros malestares cuando ellas se lo provocaron, inclusive porque se embarazaron por violación. No se sabe todavía cuán grande y dependiente es la maravillosa conexión que existe entre el ser que se desarrolla en el vientre de la madre y ésta. Dos seres están unidos en cuerpo, alma y espíritu y de pronto uno de ellos se separa por muerte atroz. ¿Qué gritos silenciosos oye la madre cuando a su bebé lo están matando? No lo sé, ni se puede entender, ¡pero que algo de esto pasa, sucede!
¿Por qué entonces se dice en el caso de “Rosita” que “la niña está feliz”, “está contenta y jugando nuevamente”, “el aborto para ella es como una operación de apendicitis”? ¿Puede compararse una vida latiendo en el ser de una persona como el apéndice? Pienso que las mujeres que dijeron estas mentiras quieren engañar flagrantemente pues la experiencia propia, la razón y la Palabra de Dios nos indican que esto no es así. Lo que sí estoy seguro que lo que pasó fue que a Rosita la volvieron a violar y esta vez no fue a escondidas, fue frente a todos. “¿Y la compasión?”, nos dicen. Y muchos también se preguntan: ¿Y la compasión, dónde está? ¿Quién la tuvo para con el ser que ya vivía en el vientre de “Rosita” y no pudo defenderse? ¿Quién la tuvo para con “Rosita” y las secuelas dolorosas que tendrá por la segunda violación que le arrancó vida del interior de su ser? Lo peor es que se quiere hacer creer que por esto “la niña está feliz”. ¡Perdónalos Señor!
El autor es economista, pastor y director de la Escuela Monte Hermón.