Edgard Rodríguez C. [email protected]
“Si todos los pítcheres tuvieran el fuego que lleva adentro Marvin Zelaya, el nivel de la liga sería otro”, comentó en una ocasión Marvin Benard, mientras reforzaba a los Indios en 1999.
Benard hablaba de fuego, de agresividad, no de actitudes impulsivas.
El propio Zelaya perdía la perspectiva a menudo. Y cuando eso ocurría sus disparos podían ir sobre el home o quizá rebotar en el backstop, pero también impactaban a bateadores y luego se armaba el relajo.
Es decir, cuando el fuego no era bien canalizado, venía el problema.
Es formidable apreciar a un lanzador con el coraje para ir a la zona interior del plato sin temor a que suceda lo peor. Eso es agresividad. Pero cuando se va ahí (adentro) con el propósito de dar el golpe al rival, se está atentando no sólo contra el espectáculo, sino contra la vida misma.
Algo de esto ocurrió el domingo con Aníbal Vega.
Vega es el pelotero de juego más intenso que hay aquí. Y eso es admirable. Es capaz del gesto más heroico por su equipo. Lo mismo le da aterrizar en home pese la resistencia de los receptores o rebotar contra la cerca en busca de un elevado.
El problema es cuando quiere descargar esa energía en la dirección equivocada.
Después de ser impactado por un pitcheo de Boanerges Espinoza pretendió desquitarse, y de no ser por la intervención de sus compañeros y de Freddy Chévez, no sabemos qué habría pasado.
Lo que quedó claro, sin embargo, es que Granada perdió a su cuarto bate y no sabemos hasta cuándo.
Ahí Vega se excedió y ha terminado afectando a su equipo.
Esa energía se ocupa para golpear los pitcheos enemigos, pero no a los jugadores rivales. Es decir, no podés andar por ahí atropellando a todo el mundo, menos aún, proyectando un mal ejemplo como el del domingo, cuando en las tribunas hay gente madura que entiende el calor del juego, pero también niños y jóvenes que lo que observan es un espectáculo grotesco.
Aníbal debe recuperar la brújula. Le hará bien a la liga y a él mismo.