Contratistas “nica-ticos” les lanzan la “migra” a los ilegales nicas

“Las pobrezas lo hacen salir a uno de sus hogares, a veces con las elecciones uno piensa que va a prosperar el país, pero ¿ideay?, unos quedamos en lo mismo, y viene el otro (gobierno), y uno tiene que salir a ganarse la vida… a veces uno también puede encontrar la muerte, porque uno entra […]

  • “Las pobrezas lo hacen salir a uno de sus hogares, a veces con las elecciones uno piensa que va a prosperar el país, pero ¿ideay?, unos quedamos en lo mismo, y viene el otro (gobierno), y uno tiene que salir a ganarse la vida… a veces uno también puede encontrar la muerte, porque uno entra en horas de la noche, dormimos en el monte y (eso) es peligroso”, dijo uno de los indocumentados que trabaja en los naranjales de Costa Rica

Elízabeth RomeroENVIADA [email protected]

Una bodega de suelo de tierra y forrada de zinc es uno de los múltiples lugares que sirven de hogar a los nicaragüenses que ingresan de forma ilegal a Costa Rica en busca de trabajo.

Por estos reducidos sitios los migrantes nicas deben pagar mil colones cada semana. Estos lugares no tienen condiciones para habitar, y en muchos casos son champas levantadas por los dueños de terrenos baldíos para luego alquilarlos a los indocumentados.

En esos inhóspitos lugares los dueños llegan a albergar a nueve y hasta diez personas. Ahí, los nacionales duermen hacinados en el suelo, y como único servicio cuentan con agua potable. Sus necesidades fisiológicas deben hacerlas “en el monte”, como dijo uno de los ilegales.

Todos tienen una historia común. Abandonaron la tierra que los vio nacer, ajenos al infortunio que les esperaba.

NINGúN PARAíSO

Jesús Laguna Rodríguez, de 25 años, es oriundo de San Isidro, Matagalpa. En su primer día de trabajo, después de ocho días de permanecer en Santa Cecilia de la Cruz, Guanacaste, trataba de poner los pies sobre la tierra; sus sueños se derrumbaron cuando comprobó que Costa Rica no es el paraíso imaginado.

Dejó su casa, porque en San Isidro devengaba 20 córdobas al día, con lo cual no bastaba para mantener a una familia. Pero en Santa Cecilia se encontró que en los cortes de naranja —la principal fuente de empleo para los indocumentados en ese lugar— reciben 800 colones por “una saca” (bolsa de nylon de regular tamaño que es la medida de pago), y para que puedan decir que fue un buen día, al menos deben llenar tres “sacas”.

En Nicaragua, Laguna dejó a su cónyuge y una niña. A Costa Rica partió con 200 córdobas que gastó en el trayecto hasta ese poblado costarricense; ahora no tiene dinero.

“Es que no dan ‘pegue’, aguantamos hambre la mayoría de los días”, relató el nicaragüense, quien dejó la cómoda “tijera” de nylon para dormir en el suelo, a veces en cojines viejos, y en otras ocasiones en cartones.

RUTINA COMIENZA EN LA MADRUGADA

La rutina es igual para todos: se levantan a las 3:30 de la madrugada para estar listos en la parada donde los recogen los camiones que los llevarán a las fincas productoras de naranjas. Por desayuno prueban un poco de café que compran en la primera venta que encuentran abierta, o, en su lugar, se levantan a encender rápidamente el improvisado fogón para hervir el agua y hacer el café.

Desde esa hora no podrán probar “bocado” hasta que regresan a los sitios donde duermen y preparan sus alimentos, que en muchos de los casos no es más que un arroz revuelto con aceite, que después comen con una tortilla y un poco de queso.

“Desde las 5 de la mañana que desayunamos hasta las 5:00 de la tarde que volvemos a comer, el resto pasamos a punto de naranja”, indicó Laguna.

Igual que él, Jairo Matamoros Pérez, de 24 años, llegó sin dinero, pero lo que ha conseguido en tierras costarricenses únicamente le alcanza “para medio comer”. En los primeros dos días de trabajo en ese país ganó mil 600 colones, tras cortar apenas dos “sacas”. Con esa cantidad de dinero sólo pueden comprar seis libras de frijoles sin ajustar para el aceite.

FAMILIAS QUE ESPERAN

En Nicaragua quedó su familia, esperanzada a que él regrese con dinero. Pero ya en el lugar ve que todo “está duro”.

Otro que lleva un mes de estadía en Costa Rica es Francisco Ramos Jara, de 30 años, originario de Carazo, quien lamenta que “sólo para la comida estamos ganando aquí”, pese a que en Costa Rica le ‘ha buscado’ al trabajo de diferentes formas.

“Anduvimos bandeando (limpiando zurcos), pero en eso no gana uno”, indicó Ramos, tras señalar que por esas labores le pagan dos mil colones, pero con eso debe pagar cada día mil colones para la comida, y otros 600 para el transporte de la semana y el alquiler del lugar.

Además de esos problemas que deben sortear, los obreros agrícolas nicaragüenses deben permanecer alerta para esconderse de los funcionarios de Migración costarricense, quienes en un bus recorren las fincas del sector para controlar a los indocumentados.

“Las pobrezas lo hacen salir a uno de sus hogares, a veces uno con los gobiernos, con las elecciones uno piensa que va a prosperar el país, pero ¿ideay?, entra, y unos quedamos en lo mismo, y viene el otro (gobierno), y uno tiene que salir a ganarse la vida… a veces uno también puede encontrar la muerte, porque uno entra en horas de la noche, dormimos en el monte y (eso) es peligroso”, refirió Laguna.

CONTRATISTAS PERVERSOS

Los nicaragüenses expresaron que los ilegales están en manos de los llamados “contratistas”, quienes median entre el obrero agrícola y el dueño de las fincas de naranjas.

-El dueño de la finca acuerda con el contratista el pago de los trabajadores, quedándoles a los segundos más de la mitad del pago acordado. Es rumor a voces entre los ticos de ese lugar, que los indocumentados “engordan” a unos ocho contratistas, la mayoría de ellos nicaragüenses (quienes aseguran ser costarricenses), los que surgieron en ese poblado fronterizo con Nicaragua, y ahora viven en casas bien construidas.

-Pero lo peor está por venir. Según los mismos ticos que alertaron a los indocumentados, al finalizar la cosecha, en mayo, los mismos contratistas darán la voz de alerta a los funcionarios de Migración costarricense, para que los regresen a su país de origen.

-“Y después les echan a Migración para que la última semana no se las paguen, y tienen que huir y dejar el sueldo. Ese dinero va a la bolsa de los contratistas”, sostuvo Edwin Arteaga, costarricense habitante de Santa Cecilia de la Cruz.

-“Yo soy tico, pero no estoy de acuerdo, porque éstos son seres humanos igual que uno. Son ocho contratistas, ni la misma compañía está ganando esa plata, son los contratistas”, agregó Arteaga.

MIGRACION AVANZA A PASOS AGIGANTADOS

En Nicaragua no hay datos oficiales sobre la mano de obra temporal que debe emigrar a Costa Rica, dijeron funcionarios del Ministerio del Trabajo.

La Dirección de Migración y Extranjería registró en 2002 que 15 mil 661 nicaragüenses fueron deportados a su país por diferentes causas.

De ese total, 8,015 personas retornaron por el puesto fronterizo de San Carlos, y los restantes lo hicieron por Peñas Blancas.

La migración de los nicaragüenses hacia Costa Rica en los años 70 fue de 23 mil 331 personas; en los años 80 los registros señalan que fue de 45 mil 918; en los 90 alcanzó las 310 mil personas, y en 2000 ascendió a 350 mil personas.

El documento “El desarrollo humano en Nicaragua 2002, las condiciones de la esperanza”, refiere que “para un grupo de nicaragüenses, el futuro está en otra parte, en otro país. Puede ser Costa Rica, Estados Unidos o algún otro”.

Para estas personas, señala el documento, sus aspiraciones no van a realizarse en Nicaragua, y por eso, su horizonte se localiza fuera de las fronteras.

Destaca que en Nicaragua las cifras de emigrantes son altas, pero considera que algunas personas lo hacen de forma estacional, especialmente aquellas que se movilizan en los períodos de cosecha en Costa Rica u Honduras, cuyo número se estima en unas 100 mil personas al año.

Sin embargo, para un grupo importante, la emigración es permanente, y no da muestras de regresar en el corto plazo.

En una investigación para un documental estrenado en septiembre de 2002, el mismo documento sobre desarrollo humano refiere que “doscientas personas cruzan diariamente por algunos de los 210 kilómetros de frontera que nos separa de la vecina Costa Rica”.

“Ante la falta de oportunidades, la gente opta por irse, pero mantiene un vínculo con sus familias a través del envío de dinero o bienes. Muchos mantienen vínculos cercanos con el país, mediante su adscripción a organizaciones políticas o sociales”, agrega el documento.

Según estimaciones de estudios especiales realizados en los últimos años, las remesas enviadas por los nicaragüenses en el exterior oscilan entre 400 y 800 millones de dólares anuales.

“La migración también es vista como un problema social, puesto que causa separaciones, lo que es percibido en algunos casos como dispersión de la familia, y, en otros, como una consecuencia perversa de la falta de oportunidades”, reza el documento.

“Para muchas familias, la migración representa un verdadero drama social, en especial cuando es la madre o el padre, los que salen a trabajar , dejando a los hijos en el país”, señala el documento, que fue utilizado durante el taller nacional para proponer los derechos de las mujeres migrantes de Nicaragua, realizado en Managua en noviembre de 2001.  

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