Hortensia Rivas Zeledón
Cuando los nueve comandantes del directorio sandinista tomaron el poder por medio de las armas, eliminaron la Constitución y las leyes que rigieron el país hasta el 19 de julio de 1979, e impusieron un régimen militar revolucionario y totalitario.
A base de decretos le quitaron todo a los nicaragüenses. Suprimieron las libertades, los derechos individuales, la libertad de expresión, el derecho de privacidad (porque vigilaban a todos con los “ojos y oídos de la revolución”, los CDS). Y, en algunos casos eliminaron hasta el derecho a la vida, como sucedió con Jorge Salazar (el líder de la empresa privada que fue asesinado en noviembre de 1980).
El decreto número tres no sólo les sirvió para expropiar a los Somoza y sus familiares, a sus allegados y a los militares, sino también a cuanta persona se les ocurrió, o cuanta propiedad les gustó, como la casa de don Jaime Morales Carazo.
Después de la derrota electoral que les propinó la Unión Nacional Opositora (UNO) el 25 de febrero de 1990, aprobaron las leyes 85, 86 y 88, conocidas como “leyes de la piñata sandinista”, para legalizar el despojo que hicieron de los bienes del Estado y que ha sido el atraco más grande que se ha perpetrado en contra del pueblo nicaragüense en la historia de este pobre país. Y en 1991, a través de los acuerdos de la Concertación fases uno y dos, se apropiaron de más de 400 empresas estatales.
Pero a la vez que despojaban a los nicaragüenses de sus bienes materiales, vaciaban la conciencia del pueblo de sus bienes espirituales y desterraron todos aquellos valores que habían sido el pilar del carácter nicaragüense, y motivo de orgullo nacional, como la honradez, el respeto por uno mismo y por los demás, el amor al trabajo; y los sustituyeron con la ideología sandinista basada en el odio de clases, en el resentimiento y la venganza.
Se perdió el respeto y la obediencia a los padres porque la revolución y el partido eran primero. La vergüenza, la auto estima, el recato, la honestidad y la honradez pasaron a ser sinónimo de tontería y ridiculez, y por el contrario, el cinismo, el arribismo, la irresponsabilidad, la mentira, la intriga y la astucia se convirtieron en características de las personas de “gran viveza”. Promovieron la promiscuidad y a las estudiantes de secundaria que iban a los cortes de café y algodón, les entregaban cuatro cajas de píldoras anticonceptivas.
Lo peor fue que a muchos les quitaron el santo temor de Dios, para que perdieran los escrúpulos, porque el que tiene el santo temor de Dios no mata, no roba, no traiciona, no miente y no odia.
Por todo lo que pasó Nicaragua es necesario no sólo reconstruir la economía. Es mucho más importante reconstruir la moral y el carácter del nicaragüense.
Precisamente por eso es importante que ahora se está implementando la educación en valores, la formación de hábitos y actitudes que contribuyan a lograr una persona laboriosa, responsable, tolerante, disciplinada, solidaria, creativa y respetuosa de sí misma, de los demás y de la Naturaleza, y al mismo tiempo capaz y eficiente, es decir, que sea íntegra y que pueda enfrentar con éxito los retos de la vida.
La autora es maestra de educación.