Rafael [email protected]
Hay todavía quien piense –a pesar de que la evidencia de los hechos ha demostrado siempre lo contrario— que la fisonomía de los santos corresponde a un perfil dulzón, excéntrico y desconectado de las crudas realidades temporales.
Según esa concepción, la sicología de los bienaventurados correspondería mas o menos a quijotes, tan idealistas, soñadores y estériles como el célebre personaje de Cervantes.
¡Qué errado es ese concepto! Miremos a los santos que nos son cercanos; una María Romero, un Odorico d´Andrea, una Teresa de Calcuta, verdaderos titanes de virtud y de servicio. Sus vidas han dejado consignados para la posteridad monumentos de espíritu evangélico y de verdadero humanismo.
San Juan Bosco, nuestro célebre y sencillo Don Bosco cuya fiesta litúrgica se celebró el 31 de enero, es un ejemplo más —y no de los menores— de cuanto la santidad es fecunda. Educador de la juventud y fundador de familias religiosas, une a su carisma de maestro y de padre el de profeta y visionario: su vida fue regada de penetrantes intuiciones y de sueños premonitores.
En poco más de un siglo de existencia, su figura y su obra se han difundido por los cinco continentes y viene produciendo logros admirables en los campos de la virtud, de la ciencia y de la cultura.
Nació nuestro héroe en el seno de una familia creyente y modesta (su madre, Mama Margarita, fue también una santa) y desde niño lo apasionaron con locura dos amores: el amor a la Virgen y el amor a la juventud. Durante su vida, batalló en todas las arenas en que la Iglesia de Dios estuvo en juego, abriendo nuevos y vastos campos a la evangelización, especialmente en América Latina.
Pudo, no sin enormes dificultades, realizar sus proyectos, aunque su celo por las almas hubiese querido mucho más. “Dadme almas, quitadme todo lo demás”, fue su lema.
Al cumplirse 105 años de su paso a la eternidad, una multitud incontable de almas lo aclaman llenos de gratitud por tantos beneficios que prodigó. Es la gran familia salesiana, compuesta no sólo de religiosos o de ex alumnos, mas de tantísimos —célebres o anónimos de ambos sexos— que fueron, gracias al desvelo de su celo y al encanto de su sonrisa, encaminados hacia el éxito en la tierra o hacia la gloria en el cielo.
Entre los célebres, encabezan la lista sus hijos y discípulos Domingo Savio y María Mazzarello. Entre los anónimos (no hay anónimos para Dios) millares de nicaragüenses que lo admiran y lo celebran con gratitud.
Es digno de mención que en nuestro suelo, dentro del jardín salesiano, brotó una flor bellísima llamada Sor María Romero. En nuestro días, el abnegado y valiente pastor de nuestra Arquidiócesis de Managua, el Cardenal Miguel, puede gloriarse de ser igualmente hijo de Don Bosco.
Víctor Hugo, el “inmortal” literato francés que fue a ver al santo cuando Don Bosco estuvo en París, a pesar de no ser creyente, quedó impactadísimo con él. Después de ese encuentro personal, y al verificar el entusiasmo que el ya anciano sacerdote despertaba en su tiempo, comentó con una penetración toda francesa: “La verdadera inmortalidad la alcanzan los santos de la Iglesia”.
Quien pretenda esa inmortalidad, que se anime, pues, a ser santo. Y que no se encandile tan fácil con los actores de TV, los campeones del deporte, las reinas de belleza, los hombres de negocios o los personeros de la política.
El autor es ex alumno salesiano y miembro de la Asociación de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.