Edgard Rodríguez C. [email protected]
Ricardo Mayorga debería sentir que amanece hoy frente al pelotón de fusilamiento. En lugar de eso, él cree dirigirse a un paseo, en el que a la vez, le arrancará la cabeza a Vernon Forrest.
Todos sabemos lo que Mayorga es capaz de hacer y de decir, pero con él, siempre hay espacio para el asombro. Y basta con ver su mirada para percatarse que cree en lo que dice.
Parece siempre estar crispado, a la defensiva y con el pecho abierto para fajarse sin importarle el escenario. Es capaz de un abrazo o un desplante. De un buen gesto o una jayanada.
En una ocasión puso en fila a unos “picaditos” y les fue entregando comida uno a uno, mientras los instaba a dejar esa adicción. Pero al día siguiente, anunció que pondría un lupanar.
Nada parece intimidarlo. Ni siquiera la deslumbrante reputación de Forrest, reconocido como el mejor púgil del 2002 y con un impecable récord de 35-0, más 26 nocáuts propinados.
Hasta la saciedad se ha dicho que el deporte no liga con los vicios, pero él llega a la conferencia de prensa con una cerveza en una mano y un puro en la otra, y los muestra como trofeos.
Y mientras la mayoría de boxeadores suben a la pesa con el temor de estar excedidos, Ricardo lo hace comiendo una pizza y algunas vestimentas que podrían subir su tonelaje.
Ah claro, esto último demuestra que ha trabajado fuerte.
Pero la gran ventaja de Mayorga, es que está ganando, y ese desborde de optimismo se ha vuelto una de sus mejores herramientas. No obstante, hoy necesitará más que eso.
Forrest parece demasiado por la limpieza de su boxeo, la contundencia de su golpeo y la claridad de sus planteamientos, para este Ricardo, que es justamente lo inverso.
Todos los análisis conducen a que sus opciones están circunscritas a un golpe de suerte que tome fuera de base a Forrest, quien por el contrario, es favorito por cualquier vía.
Sin embargo, Mayorga está aferrado a su fe. Y si gana, habrá que aguantarle su boca. Pero creo que todos estamos dispuesto a eso.