La historia de enemistades entre naciones vecinas es mucho más antigua que la leyenda bíblica de Caín y Abel. Ciertamente, casi todos los países vecinos se han desenvuelto en medio de disputas, conflictos e inclusive, a menudo enfrentamientos bélicos. De hecho, muchos estados modernos se formaron a base de expansiones y conquistas de territorios ajenos, no sólo aledaños sino también lejanos.
En algunos casos los conflictos entre naciones vecinas que por lo general también son hermanas porque tienen un origen común, fueron y son más persistentes y enconados que otros. Pero también hay admirables ejemplos de naciones vecinas y hermanas que se destrozaron mutuamente durante largo tiempo y lograron por fin superar sus conflictos y reconstruir sus relaciones en base de una fecunda amistad, una sólida confianza y una provechosa cooperación.
Entre esos casos ejemplares está el de Alemania y Francia, en Europa, que precisamente celebran hoy el cuadragésimo aniversario de su pacto de amistad y cooperación llamado Tratado del Elíseo, firmado en el Palacio del mismo nombre, en París, el 22 de enero de 1963.
El escritor español Santos Juliá dice que Europa por sí misma “nunca fue capaz de encontrar una fórmula para la convivencia pacífica entre sus múltiples pueblos y naciones. Desde sus orígenes, allá por el año 1000, Europa no ha conocido ningún siglo libre de guerras. Europa ha sido la gran partera de la guerra”.
En realidad, inclusive ahora, cuando la parte occidental del continente europeo ha disfrutado durante los últimos cincuenta y siete años —después de la II Guerra Mundial— el período de paz más largo de toda su historia, en la Europa balcánica los conflictos bélicos han sido en los últimos años tan irracionales, feroces y sangrientos como las terribles Guerras Religiosas de los Treinta Años (1618-1648).
Precisamente en esa época fue que se originaron en lo fundamental los resentimientos entre los pueblos de Alemania y Francia, a pesar de que las dos naciones se formaron en la misma cuna histórica, desde los tiempos pre cristianos cuando lo que ahora es Europa sólo era un salvaje territorio pantanoso y boscoso, lleno de mitos y leyendas primitivas.
Las rencillas entre los pueblos alemán y francés se agravaron con las guerras napoleónicas (1806-1813), cuando Napoleón Bonaparte quiso imponer un nuevo imperio pan europeo e invadió prácticamente todo el Continente, hasta Rusia. Posteriormente empeoraron las animosidades con la Guerra Franco-Prusiana de 1870, en la que Francia sufrió una vergonzosa derrota y fue obligada por Alemania a pagarle indemnizaciones y reparaciones de guerra hasta por cuatro mil millones de marcos oro, que sirvieron para desarrollar el poderío industrial germánico pero dejaron absolutamente arruinada a la altiva nación francesa.
Y aún tenían que ocurrir las dos guerras mundiales (1914-1919 y 1939-1945), las conflagraciones bélicas más destructivas y sangrientas de toda la historia, para que pudieran surgir dos estadistas excepcionales, Konrad Adenauer, de Alemania, y Charles DeGaulle, de Francia, quienes con el Tratado del Eliseo enterraron para siempre el hacha de la guerra y se apropiaron del olivo de la paz.
“Alemania y Francia no tenían nada en común, salvo la guerra. Sin embargo, pudieron construir un fundamento y construir un futuro conjunto”, declaró Daniel Conh Bendit, el célebre “Danielito el Rojo” de las revueltas estudiantiles y juveniles europeas de los años sesenta del siglo XX y quien ahora es un respetable euro parlamentario alemán que vive alternadamente en Alemania y Francia.
Al lado de la historia secular de enemistad y conflictos franco-germanos los problemas de Centroamérica y particularmente de Nicaragua con Honduras y Costa Rica, parecieran juegos infantiles. Pero si Alemania y Francia, a pesar de la profundidad y arraigo de su enemistad pudieron entenderse y constituirse en los grandes impulsores de la Unión Europea, ¿por qué no podrían lograr algo parecido los pueblos centroamericanos?
Centroamérica necesita unirse en una sola entidad geopolítica para labrarse una nueva forma de vida basada en el trabajo pacífico y creador de riqueza, en la amistad y la colaboración recíprocamente beneficiosa entre naciones hermanas y vecinas.
El Tratado del Elíseo para la amistad franco-alemana es un paradigma mundial que Centroamérica debe imitar.