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La sentida muerte del profesor Manuel Cruz, por quien tanto aprecio cultivamos —y que por supuesto, permanecerá a la orilla de su recuerdo—, me obliga a recurrir a una frase del escritor cubano Eliseo Alberto en su “Informe sobre mí mismo”, y es la siguiente: “Muerto, volvió a cobrar vida Lezama Lima”.
Eso mismo pienso de un hombre bondadoso, forjador de generaciones, exigente con él mismo y con sus amigos, cuidador de su familia, interesado siempre en su desarrollo, como lo fue Manuel Cruz.
Ya no más sus llamadas y sus regaños en el programa Doble Play, que tanto nos ayudaron como contribuyente y como corrector, pero seguirá siendo parte de nuestro staff.
Hay profesiones benditas, y, entre ellas, la de ser un profesor… Y como tal, Manuel Cruz dejó huellas imperecederas para satisfacción de sus familiares y de quienes tuvimos la suerte de conocerlo, de discutir con él, de tomar parte de sus consejos, de verlo funcionar dentro de su humildad congénita, como un ejemplo.
La última vez que lo visité en su casa del Barrio Monseñor Lezcano, fue para obsequiarle un par de revistas de deportes, entre ellas la de Vicente Padilla, y el libro escrito por Fabián Medina, “Secretos de confesión”, que me había solicitado.
Entre sus alumnos del Instituto La Salle, hay presidentes, diputados, ministros, empresarios, deportistas, y de todo lo demás naturalmente.
“La escuela es un complemento de las enseñanzas y de la educación que se reciben en la casa, aunque a veces funciona también como reemplazo”, leí en una nota de Camilo Cela.
Manuel Cruz estuvo consciente de esa responsabilidad en todo instante, y aún retirado, siguió ejerciendo… Es decir, nació para ser maestro y la vocación lo atrapó.
En un momento en que el mundo se ve tan distorsionado con el bien perdiendo la guerra frente al mal, como lo apunta Norman Mailer, se nos va de entre las manos un hombre que busca cómo ser útil hasta el último día de su vida, y lo logró.
Manuel Cruz se dará el lujo de descansar en paz después de haber cumplido su misión… Salud, profesor.