Ramón Romero “Romerito” (izq), junto a Carlos García en uno los eventos de la Crónica .

Las "uñas" de Romerito

Edgard Tijerino M. [email protected] Este fue un hombre que buscó con ansiedad cómo ser útil, y lo logró… Sin oportunidad de desarrollarse intelectualmente y cultivar sabiduría, Ramón Romero, el popular e incansable “Romerito”, mostró una bondad infinita y una vocación de servir difícil de igualar. Se apoyó en su mansedumbre y sencillez, para sentirse satisfecho […]

Edgard Tijerino M. [email protected]

Este fue un hombre que buscó con ansiedad cómo ser útil, y lo logró… Sin oportunidad de desarrollarse intelectualmente y cultivar sabiduría, Ramón Romero, el popular e incansable “Romerito”, mostró una bondad infinita y una vocación de servir difícil de igualar. Se apoyó en su mansedumbre y sencillez, para sentirse satisfecho de su misión y morir feliz, por encima de limitaciones que nunca lograron derrotarlo.

Siempre me pareció, por ese amor al prójimo merecedor de ser fotocopiado, un personaje salido de las páginas un libro de Coelho. Lo veía también a veces tan ingenuo, como para sorprenderse frente a un espejo o sentir la necesidad de tocar el hielo para conocerlo, pero al mismo tiempo, tan capaz de luchar contra la adversidad con la determinación de Ulises y garantizar que dejaría huellas.

La pregunta ¿Qué se puede hacer trabajando con las uñas?, nunca la vida lo agobió ni lo sumergió en complicaciones. Sus uñas fueron lo suficientemente fuertes para estar en todo instante haciendo algo, proponiendo retos, dibujando sueños, tratando de ser útil.

Tuvo la lucidez necesaria para seleccionar el deporte, como el terreno propicio para ser alguien, para hacerse notar, incluso para obtener reconocimientos.

Y concentró en la tarea de activista todas sus pretensiones, aterrizando en un deporte atrapado por el abandono como lo ha sido el ciclismo, consciente por supuesto de lo difícil que sería abrirse paso y establecerse.

En un ambiente tan distorsionado, fue un maestro de la humildad y de la multiplicación de esfuerzos a falta de suficientes panes, convirtiéndose en un gran motivador, y ciertamente sin exagerar, en un ejemplo.

No pretendió ser el Presidente de la Federación sin necesidad de haber leído el Principio de Peter, y sólo le pidió a la vida poder permanecer en movimiento como un elemento de apoyo tan consistente, como el pedaleo de Lance Armstrong.

Su esposa Nancy fue testigo de su envidiable empeño, de sus desvelos, de su sacrificio y de las satisfacciones que obtuvo observando el producto de su trabajo.

Ofrecía los premios más significativos como una bolsa de frijoles, una lata de aceite, un par de neumáticos, una cajilla de gaseosas, medio quintal de azúcar, y los ciclistas se fajaban bravamente como si Napoleón los estuviera esperando una vez que atravesaran el Arco del Triunfo.

Para el ciclismo, Romerito, más que un activista irrepetible y que un gran promocionador, fue una causa. Y así lo valoró una crónica deportiva siempre solidaria, respetuosa más allá de las bromas que toleraba, y capaz de admirarlo.

Su imagen sobre esa moto que con el paso del tiempo, la pérdida de pintura y el crecimiento de los ruidos, que él llamaba “la escupe tuercas”, permanecerá por siempre en nuestros recuerdos.

Romerito se va del escenario, demostrándonos, que sí se puede trabajar con las uñas y ser un hombre puro, útil y capaz de dejar huellas.

Seguramente, descansará en paz.  

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