Tigre suelto y burro amarrado

Mario Alfaro Alvarado

La lucha contra la corrupción, emprendida por el presidente Bolaños, es una auténtica pelea entre tigre suelto y burro amarrado, en la cual la corrupción es el tigre y la anticorrupción es el burro.

En esta lucha primero habría que definir bien los campos. Se afirma que el actual gobierno es un gobierno liberal. Como resulta que hay dos partidos liberales, es pertinente preguntar cuál de ellos ejerce el gobierno. Esos dos partidos liberales se diferencian muy claramente: uno defiende a toda costa a la corrupción, el otro la combate precariamente. Es decir, uno es el partido liberal de los corruptos y el otro el partido liberal de los no corruptos.

Los que en ambos partidos insisten en la unidad liberal, atendiendo a sus propios intereses electorales, relegan a un segundo plano la campaña contra la corrupción porque quieren un partido liberal fuerte que respalde sus pretensiones presidencialistas y curuleristas.

Planteado así ese propósito, los que abogan por la unidad liberal, quieren unir en un solo partido a los corruptos y a los no corruptos. Hácese, pues, necesario que el pueblo conozca quién es quién en esta dicotomía.

Si el gobierno no establece bien esa diferencia por falta de agallas para hacerlo, deben los medios de comunicación hacerle conocer al pueblo quiénes son los corruptos para que no los confunda con los honrados.

Los que están al lado de los no corruptos, se perciben como pocos convencidos en el éxito de la cruzada anticorrupción, están como en espera para ver hacia dónde se inclina la fortuna para tomar una posición definitiva.

La gran debilidad del gobierno en su lucha contra la corrupción es que combate sin aliados, a pesar de tener el respaldo de 850 mil ciudadanos que estamparon sus firmas para apoyarla.

Si la decisión de esos ciudadanos de apoyar al gobierno es importante, cuál es el sitio que deben ocupar en su demanda de transparencia y honestidad en los manejos de los fondos públicos. ¿Deben sentarse en las graderías y desde allí, pasivamente, con pesadumbre, dedicarse a contemplar cómo el tigre devora al pobre burro, que ni siquiera puede correrse porque está amarrado?

A menos que el presidente Bolaños tenga una fórmula salvadora, que se la reserva para el momento oportuno para usarla, el tigre de la corrupción acabará engulléndose al país. Ya se notan señales de debilitamiento en la batalla jurídica que presenta el gobierno. Ya han comenzado a salir de la cárcel algunos acusados —al menos uno de ellos ha vuelto a trabajar donde antes trabajaba— y cuando salga el último y el “gran corrupto” escape indemne de la desaforación y de la justicia ¿qué es lo que deben hacer las personas honradas? ¿Seguir soportando la corrupción? ¿Resignarse a seguir siendo pobres por la explotación y el derroche de la clase política corrupta?

Las leyes, los tribunales, las instituciones estatales, todo el andamiaje administrativo de la nación están diseñados para que reine por siempre la corrupción. Entonces la cruzada de don Enrique no habrá sido otra cosa que una de las grandes hazañas del Caballero de la Triste Figura. ¿Cuál será entonces el destino de este pobre país?

El autor es periodista.  

Editorial
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