Juan Bosco [email protected]
La diferencia que existe, entre lo que comúnmente se llama “opinión” y lo que es propiamente “cierto”, desde el punto de vista de la ciencia es sumamente grande cuando se la compara en dos terrenos totalmente diferentes, complementarios, a saber, la fe y la razón.
En el plano de la razón, fue el famoso filósofo griego Parménides, que hizo esta primera gran diferencia. La opinión la relegaba al plano de lo cambiante y variante que pueden ser las opiniones de las gentes. En cambio, a la “razón” le competía esa capacidad de discernir entre lo que es (lo verdadero) y lo que no es (lo falso).
Este principio metafísico y lógico todavía es vigente, no sólo en el plano de la filosofía, sino también en el de la ciencia actual.
En cambio, cuando se habla de la fe, la cosa cambia totalmente: los hombres con respecto a ella, pueden solamente dar su opinión.
La razón humana es incapaz de abarcar todo el contenido revelado por la “fe”, por lo que es necesario disponerse voluntariamente a recibirla, para lograr solamente comprender lo que la razón es capaz. “Comprende, para que creas —decía San Agustín— que creyendo comprenderás”.
Traslado esta reflexión a la situación actual de la Iglesia Católica nicaragüense, en donde se ha venido cuestionando su autoridad moral, en lo que respecta a la política nacional. Los laicos católicos comprometidos estamos llamados también a saber discernir entre lo que corresponde al orden temporal (político, económico) y lo que compete propiamente a la dimensión espiritual y trascendente de nuestra institución (la Iglesia).
Creo personalmente que tiene más autoridad moral y espiritual un prelado consagrado para inmiscuirse en asuntos temporales que un laico en asuntos internos de la Iglesia. En este sentido, la Iglesia institucional respeta la opinión de sus hijos, pero no les puede dar cabida para intrometerse en los cambios que solamente el mismo Espíritu Santo suscita.
Un verdadero católico reconoce esta verdad indubitable. Se rinde a ella porque reconoce, principalmente, el origen sobrenatural de su Iglesia.
Y es en esto, precisamente, en donde las dos dimensiones, lo eclesial y la política, manifiestan su total diferencia.
Por ejemplo, aunque la Iglesia recomienda (algo opinable) el sistema democrático como el mejor sistema político para todos los pueblos de la tierra, su proceder (de la misma Iglesia), en lo que se refiere a sus cambios de mando, no se encierra ni se ha enmarcado nunca en un método de selección meramente democrático. Que el Espíritu Santo se manifieste a través de este sistema para expresar su voluntad efectiva, eso no quiere decir que no tenga la libertad de utilizar otros medios más allá de los convencionales. Para citar un ejemplo concreto: la elección del Papa Eugenio III en la Edad Media dejó perplejos a muchos. Antes de su elección, era un simple monje trapense encargado de la cocina del monasterio. Es célebre el libro “De consideratione” de San Bernardo, en donde nos da a conocer el milagro de la elección de uno de sus discípulos.
Como decía sabiamente Blas Pascal: “La historia de la Iglesia, es la historia de la verdad”.
Esa misma verdad es perfectamente aplicable al caso de la Iglesia de Nicaragua. No nos compete a nosotros los laicos “opinar” sobre lo que no es opinable, porque, a fin de cuentas, el que tiene la última palabra, es Dios.
¡Dios dé al Cardenal mucha vida y prosperidad!
El autor es asesor del MECD.