Sergio Vélez [email protected]
Sin una fuerza policial lo más probable es que impere la anarquía. Pero, incluso con Policía ¿vive Nicaragua en seguridad? En la mayoría de las ciudades, así como en muchas zonas rurales, se respira una sensación de inseguridad. ¿Se puede esperar que la Policía proteja a los ciudadanos del crimen organizado y de los delincuentes comunes? ¿Harán que la seguridad reine en las calles? ¿Ganarán la batalla contra la delincuencia? “La Policía no evita los delitos. En realidad, la Policía es como una curita con la que se pretendiera curar el cáncer. No se puede confiar en que las fuerzas del orden, aunque se esfuercen por combatir la delincuencia, libren de ella a la sociedad”. Los estudios realizados muestran que las tres actividades principales de la Policía —patrullar las calles, acudir a los avisos de emergencias e investigar los delitos— no detienen la criminalidad. ¿Por qué no?
Combatir la delincuencia a fuerza de incrementar la presencia policial resulta imposible desde el punto de vista económico. Además, aunque pueda costearse, a los delincuentes no parece disuadirles ni el aumento de las patrullas policiales ni su rápida reacción. Según la Policía, si no llegan al lugar del delito en un determinado tiempo, es poco probable que atrapen a los culpables. Y da la impresión de que los maleantes saben que tal rapidez es infrecuente. La investigación criminal tampoco ayuda, pues la delincuencia no se detiene ni cuando los detectives consiguen que se encarcele a los infractores. Nicaragua es el país en Centroamérica con uno de los índices más alto en presos. Pero aún así posee un índice elevado de delitos. Ni siquiera los programas alternativos como la vigilancia de vecindarios han producido un efecto duradero, sobre todo en zonas de gran criminalidad. Las medidas drásticas contra ciertos delitos, como el tráfico de drogas o los atracos, han sido muy eficaces durante un tiempo, pero cuesta lograr resultados permanente. “La impotencia policial no debería sorprender a nadie que piense con detenimiento en el asunto. Todo el mundo entiende que la tasa de criminalidad depende de condiciones sociales ajenas al control de la Policía y al sistema judicial en conjunto.
Hay que reconocer que la labor policial mejora las condiciones sociales. Cuando desaparecen las drogas y la violencia de las calles, la gente tiende a vivir en armonía con la nueva imagen de la comunidad. Pero, en realidad, reformar la sociedad no está al alcance de los cuerpos de policía.
Sin importar dónde viva cada quien, la maldad se esconde bajo una fachada de civismo. Así pues, se necesita la protección de la Policía. Es cierto que se ha sabido de agentes acusados de brutalidad, corrupción, pasividad, y abuso de poder, incidentes cuya gravedad varía de un país a otro, pero ¿qué hacer si no hubiera Policía? ¿Acaso no es cierto que, por lo general, las fuerzas del orden prestan valiosos servicios?
El temor a la corrupción policial, a veces sentirse protegido por la Policía parece una ingenuidad, sobre todo cuando se hacen públicos casos de corrupción policial, me decía un amigo ¿qué vamos a esperar si un policía gana menos de C$700.00 al mes?, si le ofrecen un soborno ¿qué va hacer?
¿Qué magnitud alcanza la corrupción? La respuesta depende de quien conteste. Aunque la Policía brinda un servicio muy valioso, dista mucho de ser ideal.
¿Puede esperarse algo mejor?, cuando la Policía no escatima esfuerzos en su labor, se producen resultados sorprendentes, ¿cómo sería si se le asignara una mejor partida presupuestaria?, seguro estoy que la población será la ganadora.
Tal vez los culpemos de “flojera” como imperio que reacciona muy mal ante la inconsistencia de sus aliados y protegidos. Pero los Estados Unidos de Norteamérica nos han ayudado económicamente a través de nuestra historia como ningún otro país lo ha hecho.
Respecto al resentimiento que hay en algunos países hacia EE.UU. y que ha desatado hechos de violencia como los del 11 de septiembre del 2001, Jimmy Carter subrayó: “Hay una sensación de que EE.UU. se volvió demasiado arrogante, demasiado dominante, demasiado egocéntrico, orgullosos de nuestra opulencia, que creemos que merecemos ser la nación más rica, poderosa e influyente del mundo”.
Que pecado mortal el de los EE.UU. que por ser rico y los envidian y por ser fuertes y les molesta, es el único país del planeta que su afán es ayudar a todos los pueblos del mundo, sin distingos de ninguna clase, no son enemigos de la humanidad señor Carter.
El autor es especialista en tributación.