Marlon Antonio Ramírez, subastador. (LA PRENSA/ I. Hernández)

La voz que regula al mejor postor

Conociendo al “dirigente” de la subastas aduaneras María Antonia López M. [email protected] Son muy pocos los que existen en el país. Pero la voz acelerada de Marlon Antonio Ramírez, es probablemente la más experimentada, y con ella se da el lujo de cantar sin romanticismo, fríos números unos tras otros sin parar. Desde hace nueve […]

  • Conociendo al “dirigente” de la subastas aduaneras

María Antonia López M. [email protected]

Son muy pocos los que existen en el país. Pero la voz acelerada de Marlon Antonio Ramírez, es probablemente la más experimentada, y con ella se da el lujo de cantar sin romanticismo, fríos números unos tras otros sin parar.

Desde hace nueve años es el subastador oficial de la Dirección General de Servicios Aduaneros (DGSA), un oficio al que se “metió” por casualidad. El encargado se había enfermado y no tenían quien lo reemplazara.

Le dijeron “hacéte cargo” y con las explicaciones básicas en un entrenamiento de tres horas, se lanzó “al ruedo” con todo el nerviosismo del mundo por estar frente a un micrófono y una cantidad de personas que esperan ansiosas llevarse la mercadería lo más pronto posible.

Fue así, que este hombre de profesión contador, se dedicó a cantar números, cuyo secreto revelado para poder resistir es comer caramelos mentolados, una que otra “mebocaina” (pastillas para la garganta), tomar agua o café en pequeñas proporciones durante la actividad de venta.

“Ahora el señor que hacía la subasta me dice: saliste mejor que yo”, relata Ramírez, quien labora en una oficina de aduanas, donde no sólo se hace cargo de la “cantada” sino de revisar la mercadería que va a entrar en cada actividad.

Es algo que está obligado a hacer, porque muchos postores le consultan sobre el estado y cantidad de los lotes antes de iniciar cada subasta.

A veces Ramírez se siente agotado. La velocidad con que realiza cada subasta, depende de la cantidad de bultos a vender “el ritmo me lo hacen llevar ellos ( los postores), y entre más mercadería hay más rápido tiene que salir en un promedio de 10 a 20 minutos por cada grupo”.

Tanto es así que las más largas, duran tres horas, indetenibles, donde solamente se escucha al subastador decir “quién da más” con cifras que van subiendo y subiendo sin perder el hilo conductor.

Esta es la parte, más difícil, según cuenta, porque no puede bajar, sino sumar cantidades en miles. Lo cual implica, estar pendiente de la oferta de cada uno de los postores que tiene al frente, escuchar posibles rumores, llevar el control del lote, con una lista en la mano, saber el momento en que debe detenerse antes de dejar caer “el martillo” y pasar a una nueva opción de compra para los presentes.

Vincular los sentidos y percepciones para Ramírez, a veces resulta complejo, y si bien termina dominándolos, hay momentos en que ha manifestado mareos, dolores musculares en los hombros y hasta una especie de calentura al terminar la jornada.

“Siento el cuerpo caliente, y como que la sangre se me sube a la cabeza, por un tiempo, horas después me siento bien”, pese a ello, no ha buscado atención médica.

La experiencia acumulada le ha valido para que lo busquen de otros lados. Ha realizado subastas en los bancos liquidados, la Embajada Norteamericana y otros que le han solicitado, dejando con ellos siempre admirados a los presentes.

El trabajo del subastador, no es muy bien remunerado. Si bien son pocas horas las que se requieren para salir de varios lotes de mercadería, solamente se pueden lograr pagos extras por mil a mil 500 córdobas.

Aunque sabe que de su esfuerzo depende la cantidad que se recaude cada vez que sale a cantar.  

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