Analistas y partidos

Joaquín Absalón Pastora

Los análisis políticos se hacen con el patrocinio de la emoción.

Están de moda como está de moda la crisis nacional. Sucede lo contrario de lo que vaticinan. Son los profetas del revés. Afanados en sobresalir disparan bocanadas de frases pictóricas. Una de éstas “el gobierno va al despeñadero porque no tiene partido”.

El expositor se refería a la precaria relación entre el Partido Liberal Constitucionalista y el gobierno de Don Enrique Bolaños. Pero ¿cuál es el poder moral, el origen de los partidos?

Creo que pudiendo tenerla cuentan con poca validez para ser aliados eficaces con la conducción del Estado. Basta con haber militado en alguno de ellos para conocer la anatomía partidaria, sus principios, sus prioridades. Es ingenuo creer que la Patria sea la esencial inspiración en sus formatos estatutarios.

Comparto con Ortega y Gasset el criterio de que “no hay ni una verdad ni una justicia, hay solo la que al partido convenga y esa será la verdad y la justicia entendiéndose que habrá otras tantas cuantos partidos haya”.

La forma en que se ingresa a un partido tiene escaso costo. La inscripción se consigue con la facilidad con que se aborda un taxi. Y si con el tiempo el miembro o militante no se siente “a gusto”, con la misma disposición se dirige a la dirección de otro partido. Así toman experiencia para participar en las ferias de la policromía, en el arte de lucir desde la lividez hasta el colorido del vestuario camaleónico.

Yamilet Bonilla fue originalmente comunista y ahora es liberal. Qué salto. Qué capacidad ha lucido de acróbata ideológica. No es ni comunista ni liberal. Y así hay innumerables gentes que han hecho el cambio de filiación porque una gaveta está vacía y la otra está llena.

Entre velar por la estabilidad de la nación y velar por la perpetuidad del partido, se deciden por lo último.

El PLC es la mayoría en Nicaragua. Lo ha demostrado en dos elecciones. Su organización a nivel nacional incluidas las fisuras padecidas no han desvertebrado su categoría de partido fuerte. Pero no es La Patria. Sería si se le concede credibilidad al segmento fanatizado.

La mayoría del pueblo nicaragüense no está inscrita en ningún partido político, tampoco es portadora del “carnet” ni del F.S.L.N, ni del P.L.C. La capacidad numérica está en las bases sin fotos ni membretes, las que no son el hormiguero humano manipulado por la jerarquía. Los nicas sin partido votan ilustrados por su conciencia.

No niego el efecto valioso de la armonía entre los poderes del Estado y la función que podría desempeñar un partido. La falta de afinidad entre los espacios políticos convoca a la orfandad, pero el gobierno cuenta aún con el cimiento de esferas influyentes.

Lastimoso es afirmar que haya más sombra doliente que claridad de luz por culpa del poco amor de los dirigentes hacia Nicaragua en contraste con el mucho que sienten a ellos mismos o por culpa de la incapacidad para gobernar. Es lo que podría observarse desde la llanura sin la pretensión—diría el historiador—“de buscarle la nariz a Cleopatra”.

El autor es periodista.  

Editorial
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