Durante las celebraciones de la Purísima, el fin de semana recién pasado, la Iglesia Católica llamó por medio de sus pastores a la reconciliación de la familia nicaragüense, que a su juicio se encuentra muy dividida.
Es lógico que la Iglesia Católica haga este llamado, pues la reconciliación es uno de los principios fundamentales del cristianismo, junto con el amor y el perdón. Sin embargo el llamado de la Iglesia Católica a la conciliación, en este momento, es interpretado por algunas personas interesadas como si hubiese sido dirigido expresamente al Presidente Enrique Bolaños y al ex presidente Arnoldo Alemán, quienes están enfrentados por el problema de la corrupción. Y creen dichas personas que lo que pide la Iglesia Católica es que el Presidente Bolaños ponga fin a la lucha contra la corrupción y suspenda las acusaciones por este grave delito que su Gobierno ha hecho contra el ex presidente Arnoldo Alemán y otros ex altos funcionarios del gobierno anterior.
Pero los pastores de la Iglesia Católica de Nicaragua siempre ha sido claros en el señalamiento de que la reconciliación debe fundarse en la justicia y el perdón, para lo cual es indispensable que quienes pecaron y delinquieron se arrepientan sinceramente, y de manera convincente y verificable, así como que reparen en todo lo que sea posible el mal que causaron a otras personas y a la sociedad.
Al respecto cabe recordar que después del cambio de gobierno en 1990, la dirigencia del Frente Sandinista clamó por la reconciliación nacional, que fue además la plataforma y la preocupación política principal de la ex presidenta Violeta Barrios de Chamorro. Y en ese entonces los pastores de la Iglesia Católica señalaron con su proverbial sabiduría y recto sentido de justicia, que la reconciliación debía derivarse del reconocimiento y arrepentimiento de los líderes sandinistas de los graves errores que cometieron y de las ofensas que le hicieron al pueblo y a la misma Iglesia Católica. Advirtieron, además, las autoridades católicas, que se debía devolver todo lo que fue robado por medio de la piñata, mientras que al gobierno de la señora Violeta Barrios de Chamorro le señalaron, también de manera correcta, que la reconciliación nacional tenía que apoyarse en el enérgico brazo ejecutante de la ley.
En realidad, es principio esencial de la doctrina católica, el de que “no hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “”No hay nadie, tan perverso y culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero”” (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf Mt 18, 21-22)”, se dice inequívocamente en el Catecismo de la Iglesia Católica, edición de 1992.
Por otro lado, en el sentido propiamente político reconciliación significa restablecimiento de la amistad, de las relaciones o la paz entre dos o más adversarios y enemigos, después de graves desavenencias, drásticas rupturas y luchas enconadas. Tal como fue, sin dudas, el caso del sandinismo, que dividió deliberadamente a la sociedad, fomentó el odio y la lucha de clases, y anatematizó y persiguió a quienes no apoyaban a la revolución sandinista ni se sometían a sus dictados.
Pero el caso de ahora es diferente. El conflicto actual de Nicaragua no es una simple desavenencia, ruptura o enfrentamiento político entre los bolañitas y los arnoldistas —que por cierto pertenecen al mismo partido liberal— sino que es un problema de delincuencia —como es la corrupción de la que se acusa judicialmente a Arnoldo Alemán y compañía— y una necesidad de justicia que ponga fin a la impunidad de los corruptos y los castigue como es debido, de acuerdo.
La solución al problema de la lucha contra la corrupción y la demanda nacional de que se castigue a los corruptos, no es la reconciliación entre Bolaños y Alemán. Y además, aunque los corruptos se arrepientan no de los graves daños que le causaron al pueblo, tienen que devolver lo que se apropiaron indebidamente al amparo del poder, y expiar sus culpas y delitos de acuerdo con las leyes penales de la República.