Emilio Álvarez Montalvá[email protected]
Terminada la guerra fría a favor de Estados Unidos y convertido ahora en potencia mundial con ejercicio unilateral, la ayuda que otorgaba a los pueblos del tercer mundo, la redujo drásticamente. Baste decir que cayó del 0.24 por ciento del PIB en 1980, al 0.1 por ciento de hoy en día. Esto coloca a los EE.UU. en el último lugar de las 22 naciones desarrolladas que ayudan a los países pobres.
En el momento más tenso de confrontación este-oeste, la cooperación norteamericana a las regiones menos favorecidas del planeta, llegó casi al uno por ciento de su PIB, ocupando el primer lugar de los dispensadores de aquellos recursos, fuesen atados, blandos o sin reembolso.
Naturalmente, las decisiones de adjudicación se hacían con inspiración política, como retribución al clientelismo, porque en este mundo no hay nada regalado, pues todo está de alguna manera vinculado a los intereses del donante.
No obstante, al producirse el brutal acto terrorista del 11-Sept. – 200l, surgió en el gobierno estadounidense la iniciativa de incrementar la asistencia a los países tercermundistas. Con mucho realismo se dieron cuenta que defenderse de la ola terrorista globalizada, pasa por disminuir los flancos débiles que presentan naciones sumidas en la miseria con su crónica inestabilidad social, política y económica proclives al desorden y al radicalismo.
Los críticos al aumento bajo consideración, alegan que gran parte de aquella ayuda ha ido a parar a firmas privadas norteamericanas suplidoras de alimentos y servicios. El criterio que prima ahora, empezará según el Washington Post, apartando a la AID en el manejo de esos nuevos recursos; dentro de esa preocupación justificada recordamos cuando a raíz del terremoto en Managua en 1972, Anastasio Somoza Debayle compraba terrenos en los alrededores de la capital a precio de “guate mojado” y los revendía al Estado que los entregaba como contrapartida a AID a un precio diez veces superior al que ofrecía el mercado, sin protesta de aquella agencia internacional…
Algo similar acaeció años después con el escandaloso paquete España, cuando ese gobierno financió la compra por Nicaragua a precios exorbitantes y a través de intermediarios conectados con altos oficiales de la administración española, maquinaria pesada de fabricación japonesa, del tipo empleado en construcción de carreteras… La firma nicaragüense que apareció como representante de la transacción estaba estrechamente ligada a la familia Somoza.
Al proponerse la administración Bush incrementar en un billón de dólares su cooperación, creará una ventanilla distinta de AID, que no se tiña de política. Para ello escogerá países cuyos nacionales tengan un ingreso per cápita anual menor de 1,500 dólares, demuestren transparencia, tengan interés en detener la miseria de sus paisanos y sean buenos administradores. ¿Cuántos de los países en vías de desarrollo reunirán a esas calificaciones, sin que hayan cambiado antes su cultura política? Por algo Japón prefiere manejar muy de cerca los programas que auspicia, todos gratuitos.
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA