Gracias a todos

Jorge [email protected]

Este sábado pasado —como ha sido mi costumbre todos los sábados de los últimos tres años—, me senté a escribir el artículo de opinión que muy gentilmente el Diario LA PRENSA me publica los lunes de cada semana. Esta vez, no obstante, lo hice embargado de un sentimiento de melancolía y nostalgia, sabiendo que esta columna es la última que escribiré de forma regular, al menos por algún tiempo.

La razón es la siguiente: el presidente de la República, don Enrique Bolaños Geyer, ha tenido a bien nombrarme como embajador de Nicaragua en España, y, como es comprensible, las responsabilidades que tendré en tan honroso cargo no me permitirán continuar satisfaciendo esa hermosa pasión de escribir. Es por algo que el famoso escritor y columnista inglés, Paul Jonhson, ha dicho que “escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos ocurra es uno de los grandes privilegios de la vida”. Y vaya que sí lo es, pero es también una gran responsabilidad.

Se supone que cuando uno escribe y publica artículos de opinión con cierta regularidad, está contribuyendo a forjar la opinión pública, o, como dice don Carlos Alberto Montaner, eso al menos es lo que quisiéramos creer todos los que nos dedicamos a esa labor. Pero es también evidente que la opinión que “formamos” puede ser para bien o para mal de la sociedad.

No podemos olvidar que la manera de pensar y de actuar de una sociedad en su conjunto está determinada en gran parte por todo lo que ella lee y escucha. Y lo que por muchos años se ha escuchado y leído en nuestro país —especialmente en materia económica—, no ha sido nada bueno. Ha prevalecido una educación marcadamente socialista que ha hecho que una buena proporción de la población tenga ideas y actitudes no muy favorables al desarrollo de una economía de mercado. Y sin una disposición favorable a ella es muy difícil el progreso.

Las ideas, por ejemplo, que mucha gente tiene respecto al capital, la propiedad privada, la globalización, la actividad empresarial o la competencia, son generalmente erradas, aunque tengo la impresión de que, por fortuna, son cada vez más los que entienden correctamente esos conceptos. Esa misma impresión se llevó mi buen amigo, Lawrence Harrison, autor de “El subdesarrollo es un estado de la mente”, después de su reciente visita a Nicaragua.

Un ejemplo: en el artículo que escribí la semana pasada y que titulé “¡Bendita competencia!”, traté —utilizando el caso de la “guerra” entre BellSouth y Enitel en el campo de la telefonía celular—, de hacer ver el efecto benéfico que la competencia entre las empresas proveedoras de cualquier bien o servicio tiene sobre los consumidores. En nuestro país, sin embargo, las organizaciones dizque defensoras de los consumidores están controladas por personas que pretenden “defender” a los consumidores haciendo que el gobierno ponga más regulaciones y trabas a la actividad empresarial.

No se les ocurre pensar que la competencia por sí sola y sin ningún requerimiento de gasto público adicional es la mejor defensora de los consumidores. Quizás sea porque en el fondo de sus corazones sienten que promover la competencia es traicionar los ideales socialistas que les son tan caros. De hecho, algunos de esos ideales son en verdad muy nobles, pero en donde fallan nuestros amigos socialistas es en cuanto a las instituciones necesarias para lograrlos. Es por esa razón que espero que aquéllos que tengan un pensamiento verdaderamente liberal en materia económica escriban y divulguen las ideas que hacen posible el progreso. Eso es lo que en mi modesta capacidad he tratado de hacer a través de mi columna en estos tres años pasados.

Pero bien, llegó la hora de despedirme. A todos los que me leían y que tenían a bien comentar mis artículos —bien sea que lo hicieran de manera favorable o desfavorable—, les extiendo mi más profundo agradecimiento. A las personas que me han pedido que siga escribiendo les digo que trataré de no ausentarme por completo de estas páginas, y que enviaré algunos artículos de vez en cuando.

En el momento en que escribo estas líneas son las 6 de la tarde del 7 de diciembre, y en el ambiente se escucha el estallido de cientos de cohetes y triquitraques en honor de la Santísima Inmaculada Concepción, a quien desde ya le imploro su luz y protección para poder cumplir con eficiencia mis nuevas responsabilidades, y para poder siempre representar con dignidad y decoro a nuestra querida Patria. Nuevamente, muchas gracias a todos.

El autor ha sido nombrado Embajador de Nicaragua en España.  

Editorial
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