¡Concebida sin mancha!

Rafael [email protected]

La Purísima Concepción de María es una verdad de fe que la mayoría de los nicaragüenses llevan muy ahincada en su corazón. En los más diversos lugares a lo largo de todo el territorio nacional, se honra a la Virgen Inmaculada y se grita con amor “¿Quién causa tanta alegría?”.

Fue en vista de la maternidad divina que Dios concedió ese don a María. Desde toda la eternidad, Ella fue predestinada para ser Madre de Dios. Y es por una singular gracia, en función de los méritos infinitos de Jesucristo, salvador del género humano, que la Virgen fue preservada inmune de la mancha del pecado original. Ahí está enunciado, en breves palabras, el misterio inefable de la Inmaculada Concepción, ¡nuestra Purísima!

En la memorable Bula “Ineffabilis Deus” el Beato Pío IX definió con el peso de su autoridad el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854. Ese bendito privilegio era reconocido por la generalidad de los fieles desde tiempos inmemoriales. Por su parte, la Sagrada Escritura lo sugiere, lo testimonia la Tradición y lo enseña el magisterio católico. Y hasta el mismo cielo se ocupó de confirmarlo: en 1858 la Virgen María dijo en Lourdes a Bernadette “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Hay dos pasajes en la Biblia que pueden referirse como alusión de la Sagrada Escritura al singular privilegio de la Inmaculada Concepción. Quiero citarlos y comentarlos muy brevemente.

El primero de ellos es cuando en el Génesis Dios dirige a la serpiente —figura del demonio— estas palabras: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu posteridad y la de ella. Ella te pisará la cabeza y tú armarás traiciones a su talón” (Gen. III, 15).

Es verdad que no bastan estas palabras para probar por sí mismas que el privilegio de la Inmaculada Concepción está revelado. Pero los Padres y exégetas han visto en ellas una alusión a aquel don excelso, y es a ese título que el Beato Pío IX cita tal sentencia en su definición.

En efecto, Jesús representa eminentemente la posteridad de la mujer, en lucha con la posteridad de la serpiente. Si Jesús es así llamado, no es en función del lazo remoto que lo une a Eva, pues ésta no puede transmitir a sus descendientes a no ser una naturaleza decaída, herida, privada de vida divina; más bien es en razón del lazo que lo une a María, en el vientre de la cual él tomó una humanidad inmaculada.

En la promesa del Génesis está afirmada una victoria completa sobre el demonio: “Ella te pisará la cabeza”, y por lo tanto sobre el pecado. De donde el Beato Pío IX deduce en su Bula que esta victoria sobre el demonio no sería completa, si María no fuese preservada del pecado original, por los méritos de su Hijo.

El segundo pasaje de la Escritura que alude implícitamente a este privilegio —y que es igualmente citado por el Beato Pío IX— está en el Evangelio de San Lucas I, 28: “Dios te salve, llena de gracia, bendita eres entre todas las mujeres”. El Pontífice no nos dice que esas palabras por sí mismas prueben que el privilegio de la Inmaculada Concepción esté revelado.

Pero explica —y con él, comentaristas autorizados— que la Santísima Virgen no habría recibido esa plenitud de gracia (llena de gracia) si su alma hubiese permanecido, aunque sea un instante, en estado de muerte espiritual, consecuencia del pecado original. Luego, desde siempre fue preservada de la mancha.

A propósito de la Inmaculada ha habido controversias en la historia de la Iglesia, inclusive entre sabios y santos. Pero la línea general ha sido de creencia implícita y tranquila hasta que, con la definición del dogma en el siglo XIX, se dio el triunfo definitivo del privilegio mariano.

El pueblo cristiano, que no sabe teología pero que tiene el instinto de la fe que proviene del propio Espíritu Santo —y le hace presentir la verdad aunque no sepa demostrarla— desde siempre consideró inmaculada la concepción de María.

La máxima —tan lógica y a la vez cándida— del célebre escolástico escocés del siglo XIV Duns Escoto, es elocuente: “potuit, decuit, ergo fecit” (Dios podía hacer inmaculada a su Madre; era conveniente que la hiciese; luego la hizo). Es el decir, de un teólogo. Podría serlo el de cualquier bautizado.

Cuando se le canta a María durante la novena de la Purísima, hoy en la Gritería o mañana en la propia fiesta de la Inmaculada, Nicaragua es el eco fiel y entusiasmado de siglos de fe y de amor a la Virgen pura. Y, al mismo tiempo, transmisorade esa misma fe y amor para las generaciones venideras.

¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!

El autor es miembro de la Asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.  

Editorial
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