Luis Sánchez [email protected]
En su columna de la semana pasada, Eduardo Enríquez escribió que las personas que gobiernan, “sólo por el cargo temporal que ocupan son consideradas una versión chapiolla de la más rancia nobleza” (según el Diccionario de Uso del Español Nicaragüense, chapiollo significa “producido o hecho en el lugar, mediocre o de baja calidad”). Y dijo además el jefe de Redacción de LA PRENSA, que el salario gubernamental “no debería pasar de $ 6,000 dólares para el presidente, y de ahí para abajo. Son servidores públicos en un país paupérrimo, no miembros de la Corte de su Majestad Británica”.
Nobleza, según el Diccionario de la Real Academia Española, es el “conjunto o cuerpo de los nobles de un Estado o región”; y noble “dícese de la persona que por su ilustre nacimiento o por concesión del soberano posee algún título del reino, y por extensión, de sus parientes; principal en cualquier línea; aplicado a lo irracional, singular o particular en su especie, o que aventaja a los demás individuos de ella”.
La nobleza ha existido prácticamente en todas partes del mundo, y aún existe en países que conservan la tradición monárquica. Y aunque también hubo y hay nobles pobres, venidos a menos, en general la nobleza es famosa por sus lujos, y hasta no hace mucho por la vanidosa creencia en que la sangre de los nobles es azul, y no roja, como la de los plebeyos. (Esta falsa creencia se originó, al parecer, en el azulado color externo de las venas que resalta particularmente en la piel de las personas que son muy blancas).
También en la Nicaragua pre hispánica hubo nobleza, según el historiador liberal José Dolores Gámez: “Había también divisiones sociales, y la aristocracia (nobleza), como la de todas partes, era por lo general dura, orgullosa, hipócrita y no usaba de piedad con los vasallos”. Y aún hoy, descendientes directos de los españoles se enorgullecen de sus apellidos y su linaje.
La palabra noble —dice Corominas— llegó al castellano en 1184, procedente del latín nobilis (conocido, ilustre) que a su vez derivó de noscere (conocer). Y entre 1220-1250 apareció la palabra nobleza, referida al conjunto de los nobles.
Nobilitas (muy conocidos, ilustres) le decían los antiguos romanos a los senadores. Después este calificativo se dio a todas las personas que ejercían la función pública superior, extensivo a sus descendientes, pues entonces el poder se desempeñaba de manera honorable y los funcionarios eran muy estimados.
Durante el imperio bizantino (del siglo IV al siglo XV d.C.), se le daba el título de nobilitis a las personas que le seguían en importancia al emperador. Y durante la Edad Media se incorporaba a la nobleza a quienes se distinguían en las guerras de conquista o participaban con singular valentía en la defensa de los territorios del rey, de los señores y de los burgos y villas.
Pero nobleza significa también generosidad, altura de pensamiento y de obra. Y probablemente esta acepción se originó en el principio establecido por el filósofo latino del siglo VI d.C., Boecio, de que “nobleza obliga”, o sea, que la persona noble debe mostrar una conducta ejemplar, ser generosa, íntegra, fiel a la palabra empeñada, etc.
Obviamente que esto no tiene nada que ver con la “nobleza chapiolla” de Nicaragua, y no sólo de la política.