- Entre el ambiente campestre de Selva Negra vive una mujer que fue el motor de la construcción de este rincón turístico
Rodeada del verdor y la paz que brinda la naturaleza, en las montañas de Matagalpa, vive una mujer excepcional. Es la dueña del hotel campestre Selva Negra, al cual ha entregado gran parte de su vida, esfuerzo y tesón. Ella es doña Anegret Kühl, conocida cariñosamente como doña Mausi.
De sangre alemana, pero nicaragüense de corazón, doña Mausi creció e hizo su vida en Nicaragua, donde se dedica por entero al cuido y manejo de la hacienda cafetalera donde se levanta el hotel Selva Negra.
Se define como una mujer sencilla, que vive tranquila en la inmensa paz que da el verdor del campo, amante de la lectura y la naturaleza. Conoce el teje y maneje de la vida del campo y habla de la hacienda con gran entusiasmo.
Cada día conduce un microbús o una camioneta, y algunas veces a pie, realiza tours por la hacienda mostrando la belleza de la misma y el proceso de producción del café a los visitantes.
Para ella, los recorridos con los visitantes, son una gran escuela en la que no deja de aprender. “Me gusta hacer los tours porque así ando con los visitantes y al mismo tiempo me doy cuenta de lo que ha quedado por hacer o lo que hace falta. También puedo escuchar la opinión de la gente que nos visita. Así aprendemos ambos”, enfatiza.
En el recorrido por la finca se cerciora de que los cafetales estén limpios y sanos, que los demás cultivos (flores, hortalizas, frutales) estén en óptimas condiciones y que a todo se les dé mantenimiento para el buen funcionamiento de la finca y el hotel. Considera una de las claves del éxito estar pendiente de que todo esté en orden.
Agrega que le encanta estar en contacto con la naturaleza y por lo tanto, no hacer el recorrido por la finca, es como no haber hecho nada durante el día.
Doña Mausi asegura que nada más delega y coordina el trabajo, pero la verdad es que se ha convertido en el alma y nervio de la hacienda. Ella también es quien da el visto bueno de lo que se hace, incluso cuando se trata de una nueva construcción. “No, todo esto lo diseñó mi marido, yo sólo le digo cuándo vamos a hacer algo; esto me parece que es mejor así, o porque no lo hacemos así, si no es así mejor no se hace”, explica sobre algunas construcciones. Relata que nunca terminó una carrera universitaria porque se casó “bastante joven, a los 21 años”. Sin embargo, hizo algunos años de Administración de Empresas y decoración. Basada en eso y en la experiencia, cuida de la finca.
Finalmente indicó que esa constancia y amor por la naturaleza ha hecho de la finca lo que es: un negocio autosostenible.