Universidad ideal y real

Roberto Ferrey [email protected]

Recientemente he escuchado y leído sobre programas de Evaluación Universitaria, tanto por el programa oficial que, con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se ha iniciado desde una Dirección del Ministerio de Hacienda y Crédito Público del Gobierno de Nicaragua, como de algunas experiencias de evaluación privada que, se ha informado, han iniciado algunas de las universidades privadas.

Siendo el tema de la evaluación de las universidades algo reciente pero de sumo interés, quiero referir algunos conceptos que sobre tales procesos ha expuesto el sociólogo chileno Raúl Atria, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

Un concepto de autoevaluación sería: “Un proceso periódico de estudio, análisis o investigación de la situación, procesos y resultados de una institución universitaria”; que tiene “carácter estratégico, y así prospectivo, y orientado al cambio; y que es organizado y conducido por la propia institución, contando con la participación de los diferentes sectores que la integran”, (administrativos, docentes, estudiantes). Agregando que el proceso tiene “como referente la misión y los objetivos de la institución, además de ciertos criterios o estándares de calidad que han sido previamente aceptados”.

El autor señala, como una premisa fundamental a asumir en todo proceso de evaluación, que: I) las universidades constituyen un tipo especial (peculiar) de organización, lo que convierte a la gestión universitaria en una gestión mucho más compleja que la gestión de cualquier otro tipo de organización (empresa comercial o de servicio, por ej.); y II) las universidades tienden a “establecer propósitos y objetivos más bien ambiguos o, al menos, muy generales”.

Asimismo, el Dr. Raúl Atria agrega algunas características o requisitos de un proceso de valuación o autoevaluación en instituciones de educación superior, que emanan del concepto de que las universidades, en su función formativa, actúan sobre personas y éstas (en sus diversos niveles) asumen roles activos y demandantes en relación a ser parte del proceso integral del “negocio” universitario.

En consecuencia una primera característica sería “asegurar la contribución de los estudiantes por la vía de la opinión (crítica, reconocimiento, sugerencia)”, hecho que, por sí mismo, dice el autor de referencia, conforma un componente educativo en sí mismo, ya que es parte inherente a su formación profesional futura. Esto porque al participar el alumno en el proceso de evaluación se le está incorporando a la cultura de la calidad del trabajo que se realiza, así como de la verificación de la efectividad del mismo.

Otra característica es la participación del docente o catedrático —otro elemento complejo en el proceso institucional—, quien requiere “una notable autonomía para realizar su tarea”. Esto porque, señala el Dr. Atria, “posee un fuerte carácter profesional, común con otras organizaciones, pero también una acusada fragmentación al respecto, ya que el académico tiende a imponer las normas o perfiles de su profesión a la profesión académica”.

Finalmente las universidades conforman sistemas abiertos, es decir, son instituciones “que intercambian contenidos o ingredientes con el entorno” (comunidad), tales como los ciudadanos, los recursos financieros de que se depende, los recursos materiales y las diferentes fuentes y flujos de información.

En este sentido en toda institución universitaria y para efectos de su evaluación se pueden distinguir los insumos, los procesos y los resultados o productos.

“Los insumos son generados internamente o recibidos de manera continua desde el entorno”. Estos insumos luego son “procesados, mediante la enseñanza, la investigación; la difusión cultural y otros”. Como consecuencia de estos procesos se obtienen resultados (productos), tales como graduados y profesionales; monografías; generación de metodologías de enseñanza y otros, que la institución universitaria —en su quehacer diario— asimila hacia lo interno o entrega, transmite, al entorno. En este último caso el entorno sirve, a su vez; como árbitro o juez de la calidad del producto institucional, mostrando su mayor o menor satisfacción con el mismo.

Tal, en breves palabras, es la concepción de la evaluación/autoevaluación de las instituciones de educación superior, a efectos de lograr los cambios necesarios para que la universidad modernice su gestión, revise sus políticas, elabore o actualice sus planes y programas de acción y mejore los mecanismos de toma de decisiones.

A como ha expresado el Dr. Juan Bautista Arríen, representante de la UNESCO en Nicaragua, el proceso educativo es dinámico, cambiante y requiere de constantes evaluaciones a fin de mejorar periódicamente, especialmente en lo que refiere a la calidad y pertinencia de la educación. Por lo que no podemos pensar en una universidad ideal, creada ya completa, íntegra, sin margen alguno de perfeccionamiento.

El autor es rector de la Universidad Santo Tomás de Oriente.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí