Carlos Mejía Godoy [email protected]
Quiero referirme al artículo de doña Élida Solórzano, publicado en la página de Opinión del domingo 24 de noviembre, titulado “La misa campesina como un fantasma”. La señora Solórzano como católica fundamentalista, no me perdona la herejía de presentar en el Teatro Rubén Darío “La misa campesina”, cuyos fondos totales fueron destinados a los niños pobres de Matagalpa. O sea que mi pecado imperdonables es cumplir con una sentencia de Jesús: “Bienaventurados los que tienen hambre, porque serán saciados” (Mateo V-6).
Paradójicamente, yo —marxista y ateo—, según su lectura personal, sí le perdono su condena inquisidora. Lo que no le perdonaré jamás es que, con su escrito se atreva a condenar al propio Jesús. Porque si le duele tanto “Vos sos el Dios de los pobres”, seguramente se va a retorcer de amargura al saber que, 19 siglos antes que naciera Carlos Marx, Cristo proclamó: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre al reino de los cielos” (Marcos 10:25).
Y si eso no le basta, le regalo un “ipegüe”: “Colmó de bienes a los humildes y despidió vacíos a los ricos”. ¿Parece una frase del Ché Guevara? Pero no. Es la Virgen María la que dijo eso cuando la visitó su prima Isabel: (Lucas 1:53).
Y mejor no le sigo citando la Biblia, porque, de versículo en versículo podemos llegar al Apocalipsis.