Aquel Play Ball de 1972

Edgard Tijerino M. [email protected] Anastasio Somoza Debayle estaba en la colina para el primer lanzamiento y Roberto Clemente al bate… Era el 15 de noviembre de 1972, y Carlos García concretaba su gran sueño: organizar un Mundial que haría historia con la presencia de 16 equipos. ¡Cómo nos emocionó ver el Estadio Nacional reacondicionado! Las […]

Edgard Tijerino M. [email protected]

Anastasio Somoza Debayle estaba en la colina para el primer lanzamiento y Roberto Clemente al bate… Era el 15 de noviembre de 1972, y Carlos García concretaba su gran sueño: organizar un Mundial que haría historia con la presencia de 16 equipos.

¡Cómo nos emocionó ver el Estadio Nacional reacondicionado! Las sillas, los palcos de transmisión, la pizarra, el mensajero, la grama, los dogouts, el maquillaje… “Impresionante”, me dijo el cronista mexicano Tomás Morales, compañero de trabajo durante ese Mundial aquí en LA PRENSA.

Por la noche, Nicaragua le ganó 3-0 a Brasil con Julio Juárez trabajando 8 entradas y relevos rápidos de Herradora y Chévez.

Al final, terminamos en tercer lugar, y como apunté en El Mundial Nica, nuestra tropa se mostró muy compacta, no tanto como Cuba, por supuesto, pero sí capaz de pelearle a cualquier rival y vencerlo.

El factor clave fue la profundidad del pitcheo. Ese ha sido el mejor staff de la historia. Hoy abre Juárez, mañana Sergio Lacayo y después seguimos con Taylor, con Chévez, con Denis, y tenemos a Herradora para un doble rol, y contamos con Ángel Dávila y Bonard Luzey. ¡No hay falla!, decía Argelio.

Al regresar de Dominicana del Torneo de la Amistad, Portobanco fue reemplazado por “El Brujo” con el visto bueno de Tony Castaño… Ese Mundial atrapó a todo el país, y aunque Cuba derrotó a Nicaragua 7-0 en un juego de adiestramiento, eso no afectó las expectativas.

Se terminó en tercer lugar después de perder ante Japón 2-0 y ante EE.UU. 4-3 en dos batallas que nadie olvida, como Trafalgar y Dunkerque… Y es que como escribí en aquel momento, la selección no fue sólo coraje, derroche de energía y de entusiasmo con cierta dosis de tecnicismo… Esta vez la selección fue un señor equipo que se plantó frente a todos sin distinción de clase, sin complejos, sin inhibiciones.

Esa selección abundaba en hombres nuevos, desconocidos dos años antes, algunos recién usando la casaca nacional y sintiendo un doble peso: el trasplante brusco del club a la selección y la exigencia que representa ser depositarios de tantos anhelos para ganarle a tantas frustraciones acumuladas durante los últimos tiempos.

Vi jugar a Nicaragua todos los partidos de este Mundial con excepción del choque contra Honduras. Estuve presente en doce de las trece victorias y en los dos traspiés sufridos después de luchar bravamente con dignidad y coraje, para morir con las botas puestas y el corazón inflamado.

Después de una cadena de 7 triunfos en fila, entre los que se contabilizan victorias formidables sobre Puerto Rico, Dominicana y China, el fenomenal pitcheo japonés vino a construir un freno a nuestro ímpetu… Un verdugo implacable llamado Kojiro Ikegaya pintó en blanco a los nicas dejándolos en 2 hits, mientras ponchaba a 16 para adjudicarse justamente una victoria de 2-0.

Dos triunfos más hicieron retornar con mayor fuerza la euforia popular, y en la hora buena patinamos ante un equipo versátil y pujante como el de Estados Unidos. Se batalló duramente, pero una base por bolas con casa llena hizo llorar a 30,000 aficionados. Fue mortal… Ese fue el partido que nos sacó de la pelea en la lucha por el cetro.

Se reorganizaron filas, se conservó intacta la moral del equipo y se volvió a emprender el camino por la senda de la victoria, hasta llegar a esa noche grandiosa en que pasó encima de Cuba, algo que parecía imposible.  

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