Arturo J. Cruz (padre)
Atentamente, les solicito cabida para el presente testimonio que me siento obligado, moralmente, a rendir sobre don Tirso Moreno, comandante “Rigoberto”, mi amigo, quien, en estado de depresión y bajo los efectos del alcohol, cometió el desatino de asaltar armado ese Diario de los Nicaragüenses, baluarte de la libertad, honroso taller de Pedro Joaquín Chamorro —prócer nacional—, su familia y sus distinguidos compañeros de trabajo que lo prestigian, sirviendo a la verdad.
Es por esta última razón que me siento confiado en dirigirme a ustedes. Si “Rigoberto” es culpable de un atentado debe ser castigado, pero también no debe ignorarse las circunstancias del estado emocional en que lo cometió; el desenlace, digamos feliz, sin daños físicos a nadie, ni tampoco, sería justo olvidar su hoja de vida de hombre honorable.
Tirso ha pedido que le disculpen por su censurable acción y, asimismo, ha asegurado que no tenía la intención de hacerle daño a nadie. Efectivamente, la Providencia quiso que no ocurriera desgracia personal alguna. Obviamente, también él debe desistir y comprometerse para ello ante las autoridades, de abusar de la fuerza para imponer sus creencias. En su condición psíquica se requiere, sin embargo, de ayuda profesional y espiritual.
Tanto en mi corta carrera en la Junta de Gobierno de la Revolución, como en mi igualmente corta participación en el Directorio Civil de la Resistencia, conocí combatientes sandinistas así como rebeldes dignos de respeto. Algunos de estos patriotas se han visto –en ambos bandos– afectados por un síndrome de frustración. Cualquier reacción violenta que tengan es imperdonable, pero sí cabe que los políticos que fuimos los directamente responsables del conflicto que les arrastró, reflexionemos sobre la necesidad de pedir un elemento de comprensión del Estado al penar sus faltas.
En la Contra hubo moderados que deseaban justicia y paz, que aspiraban a que, mientras la guerra civil no cesara, se extirpara todo terrorismo en su lucha, se respetaran los derechos humanos y se buscara una solución democrática.
Uno de ellos es el comandante “Rigoberto”, al igual que, entre otros, sus compañeros Víctor Sánchez y el comandante Fernando (q.e.p.d.), asesinado después de entregar su arma. La sociedad no debería excomulgarle sin escucharle.
Les agradezco su atención, reitero, públicamente, mi amistad a “Rigoberto” y pido a Dios que quienes le juzguen tomen en cuenta su historial de guerrero noble, valiente y generoso.