Jugando a ser Tarzán

Si alguna vez has visto las películas de Tarzán y has pensado que era imposible pasar de un árbol a otro, agarrado de una liana o has visto alguna vez como los monos se recorren media selva saltando de una rama a otra, ahora ya podés imitarlos. ¿Que cómo? Lean, lean… Diversión garantizada para las […]

  • Si alguna vez has visto las películas de Tarzán y has pensado que era imposible pasar de un árbol a otro, agarrado de una liana o has visto alguna vez como los monos se recorren media selva saltando de una rama a otra, ahora ya podés imitarlos. ¿Que cómo? Lean, lean… Diversión garantizada para las vacaciones

Amparo [email protected]

9:40 de la mañana. Hay amenaza de lluvias. Sin embargo el equipo está dispuesto a la experiencia. Lanzarnos en Canopy. En total somos tres: Enoc Pineda, anfitrión de la reserva; Uriel Molina, fotógrafo de LA PRENSA y yo.

Estamos nerviosos, pero sólo los gestos lo revelan. Los guías, pendientes de las actitudes, lo saben. Y sólo se limitan a alentarnos y a equiparnos.

Inician por lo esencial: nos amarran las “correas” en caderas y piernas que servirán de sostén en pleno vuelo (el grosor de cada una va conforme al peso); las aseguran por segunda vez y nos acomodan los guantes mientras explican que éstos impedirán que nos lastimemos las manos, las cuales en esta travesía son un “arma” fundamental para salir ilesos.

¡Acción!

¡Estamos casi listos! Han pasado más de 15 minutos. Mauricio Norori, jefe guía de la excursión en Canopy, nos conduce en una camioneta 4×4 al punto de partida: un arbusto joven con casi 20 metros de altura.

Nos acompañan cinco guías. Puestos en el destino, Norori pregunta ¿quién se anima primero? Nos miramos, titubeamos por algunos segundos y decidimos que sea Molina, quien tiene la tarea de tomar las fotografías de la improvisada aventura.

Antes de alzar vuelo, el jefe guía da las instrucciones: “… recuerden no pongan las manos delante de la polea (que forma parte del equipo del sostén del cuerpo y se halla sujeta al cable de acero) porque corren el riesgo de quedar varados en medio recorrido”, indica.

Él continúa: “La mano izquierda debe ir en el cordón que antecede a la polea. Es decir, en el que se ubica frente a su estómago. En tanto, la mano derecha deben colocarla como a medio metro de distancia del carrillo, con las piernas extendidas y la cabeza girada un poco hacia afuera para no obstaculizar la velocidad”, enfatiza.

Según el experto con esta posición también se logra una buena vista del escenario natural compuesto por el bosque nuboso del Mombacho, el cual “hospeda” a más de 750 especies, de las cuales 87 son orquídeas.

Pero hay más. Si se tiene buen ojo, se tiene la posibilidad de contemplar cualquiera de los 174 tipos aves, menos de la mitad migratorias, que alberga la reserva…

El guía hace pausas en milésimas de segundos. Chequea el equipo, nos mira y agrega: “Una última cosa: deben dejarse llevar, procurando sostener su mano derecha sin tensión, para mantener la velocidad que impregnamos, con nuestro impulso, a la polea. Si sienten que van muy rápido puede frenar con la misma mano, aprisionando de vez en cuando el cable”, reitera.

-¿Alguna pregunta? ¿Todo claro? Periodista…

– Tengo unas dudas ¿Cuál es la velocidad usual en esta ruta?

– La velocidad es de más de 30 kilómetros por hora. Es algo rápido pero les da tiempo para observar la reserva.

-¿Qué pasa si nos atrancamos en pleno recorrido?

-El guía los auxiliará.

-¿Cuánto miden los cables?

-La mayoría de los 15 cables disponibles, tienen una longitud de 80 a 90 metros. Además no hay riesgos de que caigan al vacío porque los cables están reforzados con hierro, en toda el área. De manera que soportan pesos de hasta 400 libras.

-¿Por qué no llevamos casco?

– No es necesario. Aquí no hay obstáculos cercanos, la ruta es segura cien por ciento.

-¿Algo más? ¿Está listo señor fotógrafo?

– Sí, listo.

– Bueno, ¡ahí vamos!… ¡son válidos los gritos!

Molina, a como esperaban, tiene buen viaje. Su vuelo sin contratiempos me da más seguridad. Es mi turno. Sigo al pie de la letra cada instrucción y ¡ahí voy! con el corazón latiendo cien veces por segundo como si estuviera a punto de estallar, pero sintiendo una libertad sin límites.

Arribo al segundo destino en menos de cuatro minutos. El único problema ha sido mi velocidad, ya que por mi peso (110 libras) he volado como un águila y he olvidado frenar. Por lo demás todo está bien.

Las sorpresas

Pineda tiene buen aterrizaje, coincidimos en que estamos con la adrenalina al cien ¡y listos para continuar! Así sobrevolamos uno, dos, tres cables más. Ya habituados al trajín, tenemos la posibilidad de apreciar hasta el cráter del Volcán Mombacho. Descubro en esto una buena terapia contra el estrés.

Entre un cable y otro, atravesamos en fila india un puente colgante, cuya extensión es de 25 metros de longitud con una altura de aproximadamente 20 metros. No hay ninguna dificultad.

Proseguimos la ruta con cinco cables más, bajo la atención de los guías, quienes aprovechan nuestros “nervios de acero” para impulsarnos (sin previo aviso) con agitaciones, mientras cruzamos los cables de 130 metros de longitud, los más extensos.

Cuando esto ocurre, se tiene la sensación de tocar el suelo y subir de romplón, reiteradamente, sin ningún sostén. En esta situación el peso es otro punto en mi contra, ya que en cada sacudida la polea da varios giros circulares, mientras corre por el cable.

¡Se siente la muerte encima! Pero todo acaba como comienza, en cuestión de segundos. En el camino se une un guía más, para demostrar algunas acrobacias. El reloj marca las 12:35 de la mañana.

“Aquí hacemos de todo, desde piruetas a lo Superman que consisten en volar con las manos extendidas, mientras un compañero te carga. Hasta las acrobacias de mono, donde se vuela boca abajo”, expone Norori.

Tras un breve espectáculo y una exitosa prueba de valor, el equipo se encuentra en lo último de la travesía: un largo cable con dos opciones: una bajada a rappel (con una cuerda amarrada al cuerpo) y otra a punta de sacudidas. Tomamos la última elección. El efecto es inmediato, el sube y baja es más intenso junto a los gritos despavoridos.

Estamos en tierra firme. Palpamos el suelo con nuestras manos y damos las gracias a Dios. Norori nos recoge, y nos conduce a la cabaña, donde algunos turistas están a la espera de que acabe el mal tiempo, para darse el gustazo de volar sobre la selva. Es la una de la tarde, buena hora para alimentar el estómago después de darle un sustito.

La seguridad

Los once guías del Canopy, usan equipos de alpinismo con capacidad de seis mil kilos. Cada uno tiene seis años de experiencia, que le facilitan afrontar cualquier eventualidad durante el recorrido, de 1,500 metros juntando las 15 estaciones.

Aparte de eso, se encargan de estudiar a cada visitante para identificar a los más miedosos y darles mayor atención.

Norori asegura que los accidentes son irrelevantes en esta travesía. “Si ocurren, se ocasionan por imprudencias del mismo visitante que no acata las instrucciones. Pero no hay riesgos de caídas o golpes porque no se topan con los árboles”, apunta.

A la fecha los asesores de la ruta realizan caídas libre o rappel. Ellos coinciden en que estas diversas ofertas les han facilitado aumentar el “caudal” de visitas. “Por ejemplo el año pasado atendimos a 11 mil personas. Es decir, a 22 por día y sin ningún incidente. Y en este año asistimos de 38 a 39 visitantes diariamente”, comenta.

Sin límites

En esta aventura no hay límite de edad o peso. “Tenemos cables que miden la consistencia de los cuerpos con exceso de peso. Hay gente que con 400 libras de peso, ha logrado una buena travesía”, subraya.

“Incluso niños de tres años se han aventurado en la ruta. Aunque en estos casos van acompañados por un guía. Al igual que la gente que se cansa con facilidad”, puntualiza.

El Canopy está ubicado a más de 400 metros de la entrada de la Reserva Natural del Volcán Mombacho. Está a disposición del público, de martes a domingo, en horarios de 9:00 de la mañana a 5:30 de la tarde. Con los siguientes costos: 25 dólares para extranjeros; 15 dólares para extranjeros menores de 18 años, residentes y nacionales; 10 dólares para nacionales menores de 17 años.  

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