Tabú

Luis Sánchez Sancholuis.sá[email protected]

El 30 de agosto LA PRENSA publicó una carta de Saskia Tapia (“¿Tabú?”), que critica a los distribuidores de películas porque decidieron no traer a Nicaragua el filme mexicano, “El crimen del padre Amaro”.

Días antes, Manuel Guillén, el insuperable caricaturista de LA PRENSA, me hizo la observación de que al parecer seguimos “prisioneros” del miedo a criticar a la jerarquía católica. Y aunque no usó la palabra tabú, a eso se refería, pues el significado de este vocablo según el Diccionario de la Lengua Española es: “Prohibición de comer o tocar algún objeto, impuesta a sus adeptos por algunas religiones de la Polinesia”. Así como: “condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”.

Por su parte, Joan Corominas explica que la palabra tabú proviene del inglés “taboo”, que a su vez la tomó de la lengua que se habla en el archipiélago de Tonga (Polinesia) “donde suena tabú y significa prohibido”.

Finalmente, Guillermo Cabanellas, define el sentido jurídico de la palabra tabú como “todo lo intangible; lo excluido de la mofa, de la crítica, al menos en público”.

Los tabúes son característicos de las religiones primitivas y se originaron porque el hombre prehistórico no entendía los fenómenos naturales ni podía explicarse las dificultades de su vida material. De manera que los atribuyó a la existencia de espíritus sobrenaturales buenos y malos.

El hombre primitivo creía en dioses bondadosos (que lo protegían de las inclemencias naturales y de las adversidades cotidianas, y le ayudaban a subsistir) y divinidades malvadas, o sea los demonios o diablos (del griego daimon y diabolos, y del latin daemonium y diabolus, que literalmente significa “el que sabe, el adversario, que desune, el que calumnia”) a los que había que aplacar con sacrificios y agradarlos con ofrendas.

Con las creencias en dioses buenos y demonios malos aparecieron los hechiceros, quienes “explicaban” por qué ocurrían las desgracias, indicaban qué hacer para evitarlas, y determinaban las prohibiciones (es decir, los tabúes) que los demás acataban ciegamente.

Los tabúes arraigaron profundamente en la conciencia de las personas y se convirtieron en rasgos atávicos que conservan hasta ahora mucha de su antigua fuerza. Inclusive, como lo explicó Segismundo Freud (eminente neurólogo, psicólogo y psiquiatra austríaco, 1856 -1939) en su obra “Tótem y tabú”, determinan todavía parte del comportamiento sexual de muchísimas personas.

En países atrasados como Nicaragua, ciertas instituciones siguen siendo tabúes, o sea que no se hace mofa de ellas y ni siquiera se les critica, al menos en público. Pero me parece que éste ya no es el caso de los obispos y sacerdotes católicos, de quienes ahora se dice lo que se quiere, en ocasiones inclusive denigrando su imagen y lastimando sus sentimientos religiosos.

Creo que donde hay libertad de expresión no debe haber tabúes, ni siquiera la Iglesia (las iglesias), pero al criticar las posiciones políticas y mundanas de los clérigos hay que diferenciar muy bien lo que es sagrado,así como respetar la dignidad de las personas.  

Editorial
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