Aldo Díaz Lacayo
Históricamente Nicaragua ha vivido de crisis en crisis, en crisis permanente, todas ellas de origen político y cada una resuelta en su momento a la medida de los intereses de los líderes de las facciones políticas enfrentadas.
Por la frecuencia y profundidad de las crisis y por el carácter de perentoriedad que se impuso en la solución de cada una, el pueblo nicaragüense no ha podido acometer ninguna tarea de carácter estructural: no ha logrado elevar la mirada en la búsqueda de soluciones a largo plazo, estratégicas, estructurales.
El resultado de esta endémica inestabilidad política ha sido la precariedad institucional o, si se prefiere, la falta casi total de instituciones: a partir de la ruptura del Pacto Federal en 1838, es decir, en sus 164 años de vida republicana, Nicaragua ha tenido nueve Constituciones Políticas, sin contar sus reformas, a veces profundas, ni las Constituciones non natas, que no han sido pocas.
La precariedad institucional, a su vez, demuestra que ha sido el disenso entre las facciones en su oportunidad enfrentadas el que se ha impuesto en la solución de cada crisis. En cada caso la solución se ha logrado a base de concesiones mutuas asumidas como provisionales por cada facción, convencida cada parte de que su propia fortaleza le permitiría superar su debilidad coyuntural y reivindicar a corto plazo su propio proyecto político. Para nada ha importado que la facción vencedora conserve su posición por décadas.
Y esta actitud ético-psicológica ha desembocado en un acuerdo coyuntural, en un acuerdo-desacuerdo, y en la falta de un proyecto de nación: Nicaragua ha vivido sin proyecto de nación desde que se proclamó República indepediente en 1838.
El faccionalismo ha sobrevivido porque ninguna de las facciones políticas se ha impuesto a la otra en forma definitiva, creando esta realidad en ambas facciones, pero principalmente en la derrotada, la sensación de provisionalidad, que las obliga a sobrevalorar sus propias fuerzas y proyectarlas a su futuro inmediato, cercanísimo, reforzando de esta manera su actitud fraccionalista. Así se cierra el círculo perverso acuerdo-coyuntural/proyecto-coyuntural. Obviamente, los actores de cada crisis y quienes la viven —activamente o como espectadores— tienden a considerarla única y a responsabilizar a una de las facciones en conflicto como causante de un retroceso histórico.
Lo cierto es que los causantes de cada crisis siempre han actuado con la idea de imponerse a su adversario histórico en la expectativa de lograr consenso nacional alrededor de su propio proyecto, o de imponerlo con éxito histórico, como proyecto nacional, en el peor de los casos. Es cierto, también, que cada crisis superada con un acuerdo-desacuerdo ha implicado un retraso histórico: con toda propiedad se puede afirmar que Nicaragua siempre ha llegado tarde a la historia: llegó tarde al republicanismo, al liberalismo, al socialismo, con el agravante de no lograr plenamente a ninguno. Estos retrasos históricos explican por qué hoy día Nicaragua no está preparada para enfrentar las perversiones de la globalización.
Jamás ciertamente una crisis se ha resuelto deponiendo el sentido faccionalista. Hubo un ejemplo de aparente solución histórica que no lo fue porque el cuerdo que le dio origen no implicó un proyecto nacional y porque la facción dominante de la crisis actuó con espíritu provinciano, excluyente, haciendo de su facción una suerte de partido de estado, asumiendo como definitivas sus propias circunstancias de aislamiento internacional. Y aunque más recientemente se logró un verdadero acuerdo, en el sentido de proyecto nacional, con la firma de Esquipulas II, pasó al olvido histórico con la derrota electoral del Frente Sandinista, en 1990.
Es obligado y perentorio el estudio de las causas del faccionalismo-coyunturalismo histórico que aqueja a Nicaragua, pero más obligado y perentorio es cobrar conciencia del mismo para salir con sentido histórico de la crisis actual; sobre todo en este momento en que en la humanidad enfrenta el vacío histórico provocado por la ruptura del consenso de la posguerra mundial segunda, pero que sobrevive a nivel superestructural porque aún no logra el nuevo consenso.
El autor es historiador.