Cuando el Estado se vuelve un botín

Fabio Gadea Mantilla

En LA PRENSA del 26 de agosto apareció un interesante artículo de mi coterráneo don Jorge Calderón G., el cual nos indica lo interesante que es guardar viejos papeles o recortes de periódicos que nos ayuden a establecer las diferencias entre el ayer y el hoy. Decía Jorge que en 1965 el presupuesto general de la República era de 447 millones de córdobas anuales más o menos. Hoy, año 2002, es de 12,000 millones.

Pero vamos al caso del cual queremos ocuparnos. En 1965, dice el artículo, el salario del señor ministro de Hacienda era de 5,500 córdobas, es decir un poquito menos de 800 dólares al cambio de entonces que era el 7 por 1. su asistente ganaba 3,000 córdobas. En aquel tiempo esos salarios eran altos.

Tal vez un poco más bajos que los que se pagan ahora en el sector público. No se trata de poner al régimen de ese entonces como un dechado de virtudes, pues no eran bajos los salarios y además la inmoralidad reinante permitía otro tipo de abusos. El Estado era igualmente un botín del cual los más tragones se repartían con la cuchara grande.

El caso es que la idea del Estado botín permanece en la mente y en la actitud de muchos de los funcionarios públicos y es por eso que en toda la América Latina campea la corrupción generalizada.

Nosotros creemos que mientras persistan los salarios altos que existen en el sector público, éste siempre será como una fruta codiciada por todos. Los salarios públicos están demasiado altos: diez mil dólares, siete mil y tanto, seis mil, cinco mil y resto hasta llegar a los más bajos que son de cuatro mil y un poquito. Si los salarios públicos estuviesen equiparados con los salarios promedios del sector privado el asunto sería distinto. El estado no sería esa especie de botín del cual todos quieren formar parte.

Según algunas opiniones el funcionario público debe ganar buenos sueldos para que no tenga la tentación de robar. Según otros, el salario público debe ser alto pero transparente, a la vista de todos, sin que haya estipendios bajo la mesa. Ambas opiniones nos llevan a lo mismo. Los salarios altos siguen siendo una tentación, el Estado sigue apareciendo como un botín del cual hay que participar.

El Estado se vuelve efectivamente un botín cuando se recetan los salarios vitalicios inventados por el sandinismo antes de quedar desplazado del poder. Démonos cuenta de que don Daniel Ortega lleva doce años recibiendo un salario enorme como ex presidente de la nación. Igualmente otros ex presidentes y ex vicepresidentes reciben salario vitalicio.

Esperábamos que el presidente Bolaños renunciara a ese salario y predicara con el ejemplo pero no lo hizo así. Se cobijó la ilegítima legalidad del sandinismo y recibe como muchos otros ese salario legal pero ilegítimo y cargoso para la débil economía de nuestro pueblo.

El Estado dejará de ser ese botín codiciado por todos cuando los salarios del sector público guarden cierta equiparación con el sector privado. Un ministro de Estado debería ganar lo que gana un ejecutivo de primera línea en la empresa privada; un contador en el sector público debería ganar el mismo salario que se gana en el sector privado, igualmente los auxiliares, los oficinistas, los cajeros, etc. etc.

El Estado en cierta forma es una empresa, la más importante de las empresas que tienen los pueblos. Estos vienen a ser como los accionistas de esa empresa cuyo gerente general es el Presidente de la República y cuyos ejecutivos y directores de secciones son los señores ministros de Estado. Cuando lo veamos así, cuando entendamos que el Estado no es una piñata ni una merienda en donde los funcionarios públicos pueden hacer y deshacer, en donde se ganan salarios altísimos y se reciben abundantes viáticos y gastos de representación, entonces dejaremos de pensar en el Estado botín. Terminará un poco esa ambición desmedida por llegar al poder, ese afán irrefrenable de participar en el presupuesto de la nación. Equiparar los salarios del sector público con los del sector privado sería muy bueno para todos.

El autor es empresario radial.  

Editorial
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