Alemán: capítulo cerrado

Róger Mendieta [email protected]

Quien tenga dos dedos de frente sabe que el Caso Alemán no tiene vuelta atrás —como decimos en buen nicaragüense—, y es capítulo cerrado. Creemos que el Caso Alemán carece de salida fácil para el autor, porque no deja oportunidad para otra cosa que no sea el razonable camino de los tribunales de justicia.

El doctor Alemán es víctima de su propia trampa voraz, de su ciego nudo gordiano, y no vemos por algún lado a alguien que sea capaz de desatarlo sin quedar aprisionado en él. Es difícil imaginar el gran dilema ético que tocó confrontar al Presidente de la República, Ing. Bolaños, cuando tomó la decisión de gobernar, y encontró en el camino este endemoniado y voraz negocio de corrupción montado por un amigo muy querido; y que como el deslave del Casita en los días del Micht, arrastró todo, asoló todo, dejó a su paso triste secuela de conflictos entre un reguero de cadáveres morales de todo orden y tamaño.

Nicaragua es país rico. De ello no cabe duda. Nada más ni nada menos que sin planes de desarrollo. Somos nosotros mismos los que hemos empobrecido a Nicaragua con su manera de ver la función pública, de administrar los bienes de la nación; y babear y eructar la Constitución y leyes de la República, en una res pública de beneficio personal que hacemos del Estado, con cada elección presidencial. Por supuesto, todo ello tiene un crónico trasfondo de incultura cívica política, falta de identidad nacional y orfandad de deseos profundos de cambio.

La solución lógica y racional para encontrar salida a la crisis —a lo menos esta inimaginable crisis de corrupción— es poniendo en su sitio al factor que la desencadena, antes que el deslave del fango político se precipite sobre otros y arrastre a moros y cristianos, si es que todavía quedan cristianos en la cúpula social.

No puede prevalecer por encima del orden y la sanidad del Gobierno de la República, el lastimoso y precario desgobierno con apariencia de orden legal que agita la paz y confronta el Estado en la Asamblea Nacional.

Quienes no actúan con prudencia política, están lanzando al país hacia un violento despeñadero, y parecieran olvidar que los espacios se han reducido, que no existen en el mundo de hoy globalizado y comprometido.

No se me ocurre ver al doctor Alemán y a sus testaferros, capeando el bulto y sudando la gota gorda entre las montañas de Afganistán montados sobre elefantes o una recua de camellos. Da tristeza pensar que los olímpicos y áureos salarios en la Asamblea Nacional, ni siquiera han sido honrados con la elección del nuevo Superintendente de Pensiones. No quieren despedirlo sin inventar la medalla del Congreso para este honorable funcionario.

Tengo la percepción que esto ya se acabó, que dos semanas ya sobran. Y que las afirmaciones del doctor y ex presidente de la Corte Suprema de Justicia, doctor Alejandro Serrano Caldera, de que el control de la Asamblea Nacional lo tiene el voto mayoritario, es lo que a fin de cuentas deberá prevalecer. En todas las sociedades, las asambleas tienen la última palabra.  

Editorial
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