Luis Humberto Guzmán*
Siempre que surgen crisis dentro de los poderes del Estado en Nicaragua o entre ellos , se propone como solución reformas constitucionales, totales o parciales. Esa ha sido la conducta dominante a lo largo de toda nuestra vida independiente. De buena o de mala fe ciframos nuestras esperanzas de estabilidad en una nueva Constitución, aunque la novedad se limite solamente a la fecha de promulgación.
¿En qué falló la Libérrima, aquella Constitución promulgada durante el gobierno de José Santos Zelaya y celebrada por muchos nicaragüenses como una constitución audaz, revolucionaria incluso, por qué fracasó en dotarnos de orden y estabilidad? Por una razón simple: no se aplicó; no se le obedeció. Su propio inspirador, el presidente Zelaya, la burló flagrantemente y sólo la tuvo en vigencia durante un período fugaz.
El caso de la Libérrima es emblemático, las constituciones de Nicaragua no han sido —técnicamente hablando— defectuosas; la frecuencia de sus reformas, en la mayoría de los casos no ha sido para resolver problemas de conflictos de normas o de graves lagunas, el mayor fallo en la búsqueda de un orden constitucional en nuestro país reside en la desobediencia a la Constitución, en la carencia de una voluntad de someternos a ella y obedecerla.
Ahora el Estado de Derecho está de moda; curiosamente no lo han colocado en la agenda ni los juristas ni los politólogos, sino los economistas. Ellos reclaman Estado de Derecho para que se cumplan los contratos, para que los actores económicos operen sometiéndose a reglas estables; en fin, en la búsqueda de la eficiencia económica —nos han advertido— se requiere de Estado de Derecho.
Junto a las motivaciones de los economistas hay otras razones que también justifican el Estado de Derecho, respecto a los Derechos Humanos, libertades públicas estabilidad y orden.
Pero en esencia, el Estado de Derecho no radica en la búsqueda de un sistema legal perfecto, si es que tal cosa existiera, sino que empieza por una actitud de obediencia a la Constitución, de obediencia a la ley. No se trata de negar que siempre se puede mejorar cualquier obra humana incluyendo una Constitución, pero en la actualidad en Nicaragua no necesitamos ni más reformas constitucionales ni una asamblea constituyente. Todo lo contrario, debemos romper con esa práctica que no sólo ha resultado estéril, sino contraproducente en la búsqueda de estabilidad y orden, que es la promulgación de una misma Constitución con una nueva fecha.
En Nicaragua necesitamos institucionalizar la Constitución. Para eso es indispensable que le demos una oportunidad en el tiempo, que le permitamos durar y en segundo lugar someternos a ella, obedecer la Constitución. Como se sabe, institucionalizar es crear un patrón de conducta, repetir un comportamiento, hasta volver predecible una conducta.
Uno de los rasgos más acusados de la cultura jurídica nicaragüense es el uso del derecho como mampara en la solución de los conflictos; pero en la práctica, en la realidad, los resolvemos acudiendo a otros procedimientos, a veces de fuerza, a veces de negociación.
Los casi doscientos años de vida independiente en que la burla de la Constitución y la evasión de las leyes ha sido nuestra conducta, debe ser suficiente para demostrarnos que resulta más barato y más eficiente obedecer la Constitución y someternos a las leyes.
Las evidencias están a la vista, por caras que sean las elecciones (sus costos son bastante reducibles), los cambios de gobiernos de Daniel Ortega a Violeta Chamorro, de Violeta Chamorro a Arnoldo Alemán y de Arnoldo Alemán a Enrique Bolaños, juntos todos esos costos son más bajos en los órdenes humanos y económicos que el precio que pagamos por la sucesión de la familia Somoza en 1979.
Los costos de las sucesiones de 1990 hasta ahora son menores porque los hemos realizado obedeciendo a la Constitución y las leyes pertinentes.
Las tensiones actuales que vive Nicaragua no se deben a vacíos constitucionales o a oscuridades en las normas, la causa es más sencilla, se deben a la desobediencia a la Constitución y a la burla de las leyes.
El primer lunes de septiembre de cada año se conmemora el Día de la Constitución en Nicaragua. El valor que ésta tiene se nota en lo inadvertido de la conmemoración. Los repetidos fracasos por encontrar orden y estabilidad a fuerza de evadir la Constitución, ya sea violándola flagrantemente o burlándola, inventando nuevas entidades, ampliando unas, reduciendo otras, debiera conducirnos a la práctica de obedecer la Constitución y someternos a las leyes. Esa es la piedra de toque del Estado de Derecho. ¡Feliz Día de la Constitución!
* El autor es ex presidente de la Asamblea Nacional.
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