Asonadas

Francisco Talavera N.* Siguiendo por los telediarios y otros medios de comunicación, así como por correo electrónico intercambiado con amigos uruguayos y argentinos la situación en esos países, me he puesto a pensar por qué una situación similar (cacerolazos, saqueos y protestas) no se ha dado en nuestro país, en donde la situación actual tanto […]

Francisco Talavera N.*

Siguiendo por los telediarios y otros medios de comunicación, así como por correo electrónico intercambiado con amigos uruguayos y argentinos la situación en esos países, me he puesto a pensar por qué una situación similar (cacerolazos, saqueos y protestas) no se ha dado en nuestro país, en donde la situación actual tanto política como socioeconómica ha dado lugar, desde hace mucho tiempo, a que algo así se produzca.

Parece que la indolencia, el conformismo y el temor se han apoderado del pueblo. Nos limitamos a maldecir, criticar, “mentarle la madre” a los corruptos, pero de ahí no pasamos.

O será tal vez que el recuerdo, aún fresco, de diez años de guerra, racionamiento, servicio militar obligatorio, nos hacen reprimir la necesidad de combatir de manera más beligerante la lacra impuesta por una pandilla de ladrones que no sólo nos ha robado, sino que también nos tiene secuestrados en cuerpo y espíritu, temiendo que una protesta tipo Argentina o Uruguay podría devenir en una situación similar a la que vivimos hace veinte años.

Particularmente, no lo creo. Los trágicos sucesos del 11 de septiembre hicieron cambiar el modo de actuar y de pensar del imperio. En aquel entonces, tras la mampara de combatir el comunismo, al imperio no le importó apañar a los Somoza, a los Trujillo, a los Batista y a una amplia camada de delincuentes, con tal que éstos se volvieran instrumentos sumisos de sus propósitos.

Ahora ya no hay comunismo que combatir y EE.UU. ha entendido que los corruptos, los traficantes de droga, los lavadores de dinero mal habido, son más peligrosos aún que aquellos grupos de jóvenes a los que ellos ayudaron a exterminar.

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