La pobreza es gran negocio… ¿de los poderosos?

Michael J. Bolaños [email protected]

A propósito del artículo (“Pobreza es mal negocio”), de Douglas Carcache, publicado en LA PRENSA del 19 de agosto del año en curso, debo recordar que después de diez años de estar elaborando estrategias económicas para reducir la pobreza, un economista alemán llegó al convencimiento de que los grupos poderosos de los países más necesitados son los que impiden aminorar la miseria, a pesar de que a esas élites les convendría acabar con ese mal mundial.

“Tenemos que convencerlos (a los poderosos) de que reducir la pobreza es para su beneficio”, comentó el economista Hans Rimbert Hemmer la semana pasada en Managua, adonde vino a dictar conferencias invitado por la Fundación Konrad Adenauer.

Interesante la ponencia del alemán Hemmer, pero muy distante de las verdaderas causas. La pobreza es un término muy relativo y difícil de determinar, aunque en Nicaragua a plena luz podemos apreciar el gran nivel de pobreza que vivimos.

Los organismos internacionales y los países donantes, con toda su gran sabiduría y experiencia, no han podido diseñar un plan sólido para “eliminar” las condiciones que provocan la pobreza y persisten en “combatir” a la pobreza. La pobreza no se combate, lo que se debe hacer es eliminar las causas de la misma. Muchas veces los combatientes prefieren nunca acabar con la necesidad de combatir, para mantenerse del lado de los no necesitados.

Dos elementos son fundamentos de la creciente pobreza. Uno es la incapacidad de nuestros pueblos en superar las limitantes que nos hace permanecer en la pobreza (producción, productividad, conocimientos, salud, valores y moralidad familiar, actitud hacia la vida, sistema judicial, etc., etc., pero más que nada quizás la falta de capacidad o facultad para asumir nuestra propia responsabilidad).

Segundo elemento es el creciente distanciamiento con los países que se superan día a día, pero con quienes tenemos que compararnos para medir nuestro grado de pobreza.

Un elemental punto de partida es transformar el tradicional paradigma de que el pobre es bueno y el rico es malo, por uno en que el ser pobre no es aceptable. Si nuestros programas de asistencia se orientan a mantener pobre a los pobres, pues para el pobre es negocio ser pobre.

Si nuestro sistema sigue castigando al que se supera y sobresale, entonces es mejor ni siquiera dar a conocer que ya no somos pobres. Un posible enfoque de discusión: ¿cómo se vería un impuesto a la pobreza?… aunque fuera en labores de beneficio social. O sea, que la persona adulta que no logra contribuir con impuestos a la renta en su declaración anual y/o que se inscribe en programas de asistencia, debe contribuir con parte de su tiempo en obras de beneficio social.

El tema de la pobreza es complejo y aquellos seudoeconomistas que pretenden generalizar sus observaciones solamente confunden el tema sin aportar nada valioso. Lo que tu entrevistado deja entrever es que, así como los ricos poderosos de Nicaragua son los culpables de la pobreza de Nicaragua, los ricos poderosos del mundo son los verdaderos culpables de la pobreza en el mundo. Entonces, es correcta la apreciación del nica en que es mejor seguir siendo pobre y que nos manden ayuda… ¿No? La realidad es que en Nicaragua no hay poderosos económicamente hablando, solamente hay unos que tienen más que otros, pero en niveles internacionales en Nicaragua “todos” somos pobres.

El autor es Administrador de Empresas.  

Editorial
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