Hugo Ramón García
Si en Nicaragua, durante los últimos tiempos de la historia el Frente Sandinista no hubiera alcanzado el poder como lo alcanzó en julio de 1979 por medio de las armas y con la ayuda abierta de todo el pueblo que creyó de buena fe en el “cambio”, el liberalismo con la monstruosa corrupción que montó Alemán en su funesto quinquenio (1997-2002), no hubiera ganado las elecciones del pasado cuatro de noviembre de 2001.
Hay una evidencia muy clara: en este país la mayoría no quiere nada con el sandinismo, y por esa verdad tan elevada como una espesa montaña, es que el liberalismo retuvo el poder con el Ing. Enrique Bolaños de candidato presidencial. Pero al mismo liberalismo hay que anteponerle una tercera opción de corte democrático, porque la democracia, además de ser muy importante, es necesaria para el desarrollo de la nación.
Alemán, en virtud de imprimirle al liberalismo una imagen atractiva, lo ha destruido, pero léase bien: el día que el sandinismo desaparezca por completo en Nicaragua y no quede de él ninguna señal, y surja en el escenario político nacional otra vía de expresión democrática, y se convoque a elecciones completamente libres, el liberalismo será objeto de una derrota electoral aplastante.
El liberalismo de estos tiempos ha cometido el grave error político de abrirle las puertas y darle la “bienvenida” al somocismo, a sabiendas de que es un cadáver; una “ideología” sin presente, mucho menos con futuro, ya que su pasado lo condena y lo inhibe de formar parte activa de la vida política de Nicaragua. La continuada presencia del sandinismo en este país tan polémico y tan dividido es una enorme ventaja para el liberalismo mientras pueda tenerla, si nos quitamos, aunque sea por unos momentos, la venda de los ojos.
Pero no pensemos que el liberalismo de la época es fuerte porque detenta el poder. No nos equivoquemos, ni caigamos en observaciones fuera de realidad, veamos con certeza las cosas y llamémoslas por su nombre. El sandinismo, mientras tenga vida seguirá representando para Nicaragua un grave peligro por las cuotas de poder que almacena en sus mochilas, y quien no lo mire de esa manera, lamentablemente no vive en la realidad, y en vez de acercarse a ella se aleja.
Partiendo de 1997 a 2002, el liberalismo en Nicaragua se ha dedicado a “resucitar” muertos; los ha levantado de sus tumbas y los hizo caminar. El somozato ha recibido oxígeno político, y por eso se ha recuperado, mostrando los mismos vicios del ayer con iguales enseñanzas, y por su parte el sandinismo, que ya se ha constituido en una “paralela histórica”, de cierto modo se ha fortalecido con el pacto, es decir, con lo que ellos (los sandinistas) antes y desde la clandestinidad atacaban con furia “ideológica” cuando los “conservadores” pactaban con Somoza, uno de los tiranos de la “América ingenua”.
El liberalismo se está sepultando porque se ha desviado de sus principios y de sus postulados. Ha hecho a un lado la ideología que le inyectó José Santos Zelaya con la revolución del once de julio de 1893, y Ramiro Sacasa Guerrero, con el carácter democrático y republicano que le imprimió para venir a caer ahora en manos de somocistas irredentos que pretenden ilusoriamente ser caudillos, llevándolo a los sucios extremos de la corrupción que ha visto y ha contemplado nuestra oscura historia, tan llena de pactos, traiciones, intereses personales y ambiciones de poder.
El liberalismo, a través de sus “dirigentes” de escritorio, y de aire acondicionado, pasa el tiempo acumulando en sus haberes materiales poderosas fortunas en dólares, mientras este país vive aterrado en la peor miseria económica; y por otro lado, engañando y defraudando a sus electores con la viciada demagogia que fluye de sus mentes. Y a propósito del tema que me ocupo, valga la ocasión para citar las palabras de un gran pensador norteamericano: “Se puede engañar a una persona una vez; a dos personas dos veces; pero no a todos todo el tiempo”.
El autor es periodista.