Ambiente de corrupción

Miguel Ernesto Vijil [email protected]

La corrupción en la administración pública es la noticia del día en Nicaragua. Todo mundo habla de ello en las tertulias, los corrillos y los medios de comunicación. Hasta la Conferencia Episcopal le dedicó una declaración pública. Muchos coinciden en decir que una de las causas de esa bochornosa lacra es la mala o nula, educación en los valores. A riesgo de llover sobre mojado quisiera añadir algunos comentarios de mi cosecha.

Estoy de acuerdo en que la educación es fundamental para transmitir valores morales, entre ellos el aprecio por la honradez. La realidad es que la educación en valores, y por desgracia también en antivalores, comienza en la casa y continúa durante toda la vida, especialmente durante el proceso de educación formal de la persona.

Estoy de acuerdo también en que para inculcar valores, padres y educadores deben predicar principalmente con el ejemplo. Dice el viejo proverbio que la palabra mueve pero que el ejemplo arrastra. Y eso del buen ejemplo también va con todos aquéllos que encarnan figuras de autoridad y respeto.

Pero cuando veo que muchas veces quienes son acusados de corruptos son precisamente personas de mucha educación, en muchos casos provenientes de hogares ejemplares, me asalta una duda. ¿No será que nos estamos olvidando de la influencia e importancia de ese conjunto de valores compartidos, actitudes generales y comportamientos aceptados, que se suele designar como “el ambiente”?

El “ambiente” ahora se nos mete por todas partes: la televisión, el cine, Internet. Es bueno ser de la gente “nice”, es bueno tener una vida “de calidad”. Pero ser así resulta caro. Lo “nice” es tener un celular último modelo, un buen carro, una linda casa como las de las telenovelas, una boda digna de las mil y una noches. La “vida de calidad” es llevar a los hijos a Disneyworld, o al menos a ver a un conjunto de rock a San José, de Costa Rica, porque a este pueblón de Managua no viene nadie.

¿Y qué pasa entonces? Pues pasa que personas que vivieron de niños en ambientes muy religiosos, pero que necesitan una casa en la playa y una flota de carros porque, a lo mejor, quieren evitar a sus hijos las penurias que ellos mismos pudieron haber pasado en la infancia, desarrollan con gran facilidad habilidades para convertir cualquier empleo o cargo en una forma de “remendarse” así sea incumpliendo sus compromisos de honor y pasando por encima de los demás, que suelen ser los más pobres y necesitados. Y por, supuesto, dejando de lado la educación en valores que pudieron haber recibido.

El verdadero problema no es la carencia de educación, es la carencia de virtudes. Y la carencia colectiva de virtudes. El problema es este sistema dentro del vivimos que reduce todo al tener, y mientras más tener mejor. El problema es la forma de vida de unos pocos que se convierte en una seducción para muchos otros que, para imitarlos, caen en lo que ahora estamos viendo.

Una sociedad más justa e igualitaria; una vida sencilla y austera; aprecio por el honor y el cumplimiento del deber. Esas cosas están ciertamente fuera de moda pero el reto verdadero es aceptarlas como la solución.

Una sociedad más justa e igualitaria haría que no fuera normal que mientras un maestro, una enfermera, un policía, una empleada doméstica, ganan mensualmente unos pocos pesos que no alcanzan siquiera para comprar la famosa canasta básica, muchos altos cargos, tanto en el sector público como en el privado, obtienen retribuciones muchísimas veces más grandes. Ingresos equivalentes a 150 salarios mínimos, o más, son frecuentes. Una sociedad fundada sobre semejantes desigualdades no puede aspirar a que la corrupción se mantenga alejada de sus puertas.

Una vida más sencilla y austera nos quitaría de encima muchas cargas innecesarias, ya no digamos muchas tentaciones. No es necesario para ser feliz vivir en una mansión suntuosa ni usar un Mercedes o tener en la casa de la playa varios cuadraciclos. Lo peor que un padre puede hacer por sus hijos es acostumbrarlos a una vida de consumo, porque está sembrando las semillas que más adelante pueden florecer como corrupción.

El aprecio por el honor y el cumplimiento del deber deben ser rescatados como valores de todos. Quien no está dispuesto a hacer vida esas virtudes ciertamente está moralmente predispuesto para la corrupción.

El autor es ingeniero.  

Editorial
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