¿Guerra de EE.UU. contra Iraq?

Estados Unidos se debate entre si lanzar o no un ataque militar contra Iraq. Como en toda democracia, hay opiniones encontradas. Unos están convencidos de que la única solución al problema planteado en la región por el líder iraquí, Saddam Hussein, es su remoción y sustitución mediante el uso de la fuerza. Otros creen que la solución debe buscarse por la vía diplomática. El Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, parece que se inclina más por lo primero.

El problema es el siguiente: hay fuertes sospechas de que Hussein está próximo a contar con armas nucleares de destrucción masiva. Lo que pocos ponen en duda es que una vez teniéndolas no las vaya a usar contra sus enemigos, ya que en el pasado usó armas químicas y biológicas contra su misma gente. La política que Estados Unidos y sus aliados han implementado contra Hussein desde que fuera derrotado en la Guerra del Golfo en 1991, ha sido una política de contención.

Se recordará que en 1990 Iraq invadió militarmente a Kuwait, lo que dio paso a la formación de una poderosa coalición armada que forzó el retiro de las tropas iraquíes de Kuwait. En ese entonces Hussein amenazaba con que si era atacado desataría una guerra que —según él— sería “la madre de todas las guerras”. Pero Hussein fue atacado y sufrió una humillante derrota de parte de la alianza militar que fue liderada por los Estados Unidos. Sin embargo, sobrevivió en el poder, debido a que la coalición se comprometió a no derrocarlo después de que fuera expulsado de Kuwait. Hubo quienes en ese entonces consideraban un grave error dejarlo en el poder, porque creían que lo único que se hacía con eso era posponer la solución del problema de fondo. De seguro que esos mismos estarán pensando ahora que el tiempo les ha dado la razón.

Doce años han pasado desde entonces y el presidente iraquí sigue siendo un elemento perturbador de la paz en el Oriente Medio. El presidente Bush ha empleado expresiones muy fuertes contra Iraq, Irán y Corea del Norte, países que —según él— conforman “el eje del mal” en el mundo. No obstante, en Estados Unidos no se ha hablado de acciones militares contra Irán ni contra Corea del Norte; sólo contra Iraq.

Una de las dificultades que enfrenta Bush actualmente es la falta de disposición de parte de sus aliados para involucrarse en una operación militar en Iraq. En 1991, su padre, de su mismo nombre, era presidente de los Estados Unidos y no tuvo esa dificultad. Es cierto que en aquella oportunidad existía el hecho de una clara violación al derecho internacional, como era la invasión de una nación soberana por parte de otra. Esta vez, la justificación para una acción militar es menos aparente.

Una cosa, sin embargo, es muy probable: que Estados Unidos tome la decisión de actuar unilateralmente —posiblemente sólo con el apoyo de Inglaterra— en caso de que llegue a convencerse de que dejar a Hussein en el poder resulta un riesgo intolerable para la seguridad de los Estados Unidos y para la estabilidad del Medio Oriente. Después de todo ellos saben que en las operaciones militares es su ejército el que lleva el mayor peso de la guerra. Así sucedió en la operación “Tormenta del Desierto” en 1991 y en la operación militar de los Balcanes contra Milosevic en 1998.

Lo que todavía está por verse es que si Estados Unidos está dispuesto, en las difíciles circunstancias económicas por las que atraviesa, a financiar el costo de esa guerra. La de 1991 costó 60,000 millones de dólares, pero la factura fue pagada en un 80 por ciento por los aliados. Y por último, Bush tiene que vencer la reticencia que hay entre los mismos militares estadounidenses que, por lo visto, no parecen estar muy convencidos de que convenga invadir Iraq. Si bien es cierto que el ejército no es deliberante y que obedecería las órdenes del liderazgo político en caso de que fuera ordenado ejecutar la operación, el mandatario sabe muy bien que es mejor que el ejército esté persuadido de la necesidad de actuar.  

Editorial
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