Luis Sánchez Sancholuis.sá[email protected]
El martes pasado se cumplieron 34 años de la invasión soviética que puso fin a la Primavera de Praga, un seductor aunque utópico experimento checo de construir una sociedad comunista en libertad y con rostro humano.
Este aniversario no se conmemoró por el desastroso desbordamiento del río Moldava, el de los famosos puentes de Praga, al que el compositor nacional checo, Frederik Smetana, compuso una apasionada melodía —parte de la sinfonía Ma Vlast (Mi Patria)— que se oye de vez en cuando en Radio Centauro.
Pero Praga sobrevivió una vez más y logró salvar sus invaluables tesoros culturales, según algunos creyentes gracias al Niño Dios de Praga (al que en mi infancia, huérfano de madre, fui encomendado por mis piadosas abuela y tía), la milagrosa imagen que en 1620 la princesa Polixena Lobkowitz regaló a los padres del Convento Carmelita (fundado ese mismo año por el rey Fernando II), y que según la tradición protege a la ciudad y ayuda a los praguenses a resolver apremiantes necesidades.
En la plaza de San Wenceslao, en el centro de Praga, en enero de 1969, se quemó vivo el joven estudiante Jan Palach, en protesta contra la ocupación militar soviética. Por esa misma plaza caminaba en la mañana del 28 de septiembre de 935, rumbo a la iglesia para escuchar la santa misa, el joven pero sabio y prudente rey cristiano Wenceslao (907-935), cuando fue asaltado por unos bandidos. Pero Wenceslao (quien ahora es el santo patrono de los checos) también era un intrépido guerrero y repelió la agresión, e iba a atravesar con su espada al cabecilla de los agresores cuando vio que era su hermano, Boleslao, quien quería apoderarse del trono instigado por Dagomira, la perversa madre de ambos. “Podría matarte, pero la mano de un siervo de Dios no debe mancharse con el fratricidio”, dijo Wenceslao a su pérfido hermano, y se dejó asesinar por éste.
De Praga era también el sacerdote reformador Jan Huss (1373-141), quien murió proclamando que “la verdad prevalecerá”, pues fue condenado a la hoguera por denunciar la corrupción del alto clero, condenar la simonía (comercio con objetos y símbolos sagrados) y negar la transubstanciación, o sea la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo durante la Eucaristía.
Praga, fundada en 870, fue capital del Sacro Imperio a mediados del siglo XV, durante el reinado de Carlos V, quien fundó la Universidad Carolingia que es la más antigua de Europa Central.
Junto al Castillo de Praga, ciudad que en 1993 fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, se yergue la formidable y gótica Catedral de San Vito, un santo obispo de Auxonne (Francia) que murió en 961, pero a quien la leyenda convirtió en un predicador siciliano que habría sanado a un hijo epiléptico del emperador Dioclesiano (245-313), quien, en vez de agradecer el milagroso favor del santo varón que ahora es patrono de los epilépticos, lo mandó a asesinar en Lucania.
Por cierto que en Praga la palabra defenestrar (tirar por la ventana) adquirió el sentido político de “destituir a alguien de un cargo”, cuando en 1618 los gobernadores representantes del Tiránico rey Matías fueron arrojados por la ventana del Castillo.
Y en Praga visité, en 1966, una cervecería (la cerveza checa es la mejor del mundo) que fue inaugurada en 1492, ¡el año en que Cristóbal Colón vino por primera vez a América!