El plato de lentejas

Josette A. de Exprú[email protected]

La adulación es uno de los fenómenos sociales más interesantes de observar cuando uno tiene la oportunidad, por dicha o desdicha, de estar cerca del poder.

Siempre resulta intrigante ver la metamorfosis que sufren tanto aquéllos que la practican como aquéllos que la reciben.

El que ostenta el poder aparte de sufrir de la borrachera de distanciarse de la realidad, la de volverse un muro y no escuchar ningún consejo, de creerse siempre dueño de la verdad absoluta (desgraciadamente) todavía, y más si fuese poco, termina empalagándose con la miel de las “lindezas” que todos le dicen y que producen el efecto de masajear egos ya de por sí bastante agigantados.

Es tanto lo que se ha visto en el país en este ramo, que quizás daría para todo un tratado del “adulador”, porque como táctica útil para sus propios fines consta de una infinidad de vericuetos, desde los más burdos hasta los más complicados.

Sin embargo, creo que no siempre debemos ser tan negativos al analizar estos fenómenos de la política criolla, y si hay algo positivo que se pueda aportar por lo menos refresquemos aquella lección que hace más de dos mil años nos dio el gran filosofo Diógenes en relación con este fenómeno tan antiguo como la vieja Grecia.

Cuenta la historia que estaba Diógenes cenando lentejas cuando lo vio el filósofo Aristipo, que vivía muy confortablemente a base de adular al rey.

Y le dijo Aristipo: “Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”. A lo que contestó Diógenes: “Si hubieras tú aprendido a comer lentejas no tendrías que adular al rey”.

Una gran verdad encerrada en dos visiones de ver nuestra relación con el poder. Y es que adular se convierte en un fin para no tener que “comer lentejas”, supeditados y vendidos al poderoso, cuando más bien debiera ser el plato de lentejas que nos comemos todos los días, producto del esfuerzo, del trabajo honrado ganado con independencia, el que evita precisamente que caigamos en esta práctica deleznable.

El poder hechiza y hace que nos creamos dioses, porque claro, el destino de muchos mortales podemos creer que está en nuestras mesiánicas manos. Cuando el poder se relaciona con dinero, es peor la cosa. Sin embargo, ése es sólo parte del problema, el resto, para el caso de la adulación, depende de cómo veamos las lentejas. Ojalá, después de ver a qué nos ha llevado tanta adulación, empecemos a hacer el esfuerzo de comernos las lentejas y aprender la lección que Diógenes nos dio hace más de dos mil años.

La autora es periodista y comunicóloga.  

Editorial
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