- El dolor de una madre está intacto ante la pérdida de su pequeña hija. Una bala disparada por un grupo de pandilleros arrebató a la niña la vida y los sueños de ayudar a su madre a salir de la pobreza, y apoyar a otros niños del Barrio “Jorge Dimitrov”
Elízabeth Romero [email protected]
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Esperanza Mendoza Estrada aún no asimila su tragedia del pasado 14 de agosto. Una bala disparada por pandilleros en contra de otro grupo rival, en el Barrio “Jorge Dimitrov”, terminó con la vida de su pequeña Karla Vanesa Urroz Mendoza, de 13 años.
“Siento como si fuera el primer día. En ese momento a mí se me nubló la vista”, recuerda la madre.
Eran cerca de las 7:00 de la noche. Había salido a la reunión del grupo cristiano, cuando “oí un disparo y dije: ¡Ay!, mi hijo”. La desesperada mujer echó a correr sin importarle que tiene una pierna lisiada por la poliomielitis.
Los vecinos le decían: “Entre, que hay disparos”, pero ella no escuchaba, sólo gritaba que la puerta de su casa estaba abierta y su hijo de 14 años podía salir a la calle para ver qué pasaba. Nunca pensó que la tragedia tocara a sus puertas, con la muerte de su segunda hija, la más amorosa.
“Mamá, a la Karlita la hirieron”, recuerda que le salió a decir su hijo mayor, poco antes de llegar a la casa. La niña estaba inconsciente, sabía que vivía porque aún latía su corazón, pero de su cabecita salía mucha sangre.
Logró trasladarla al Hospital “Lenín Fonseca”, donde los médicos le dijeron: “La niña viene bien mal porque es en la cabeza el disparo”. Otro balazo le había impactado el brazo izquierdo.
SOÑABA CON AYUDAR
Karlita tenía un propósito: ayudar a los niños pobres. A su madre le decía: “Quiero ser un ejemplo de esos niños”.
Más de una vez la niña regaló a otras algún objeto que, con sacrificios, su madre le había comprado.
Por ejemplo, en una ocasión compró un cartón de prendedores para el cabello y le regaló un par a sus compañeritas. “Si los acabo de comprar, Karlita”, le dijo la madre, y la niña le respondió: “Sí, pero ella es una niña también y le gustaron los que yo andaba; entonces le voy a dar los otros que están allí”.
Esperanza considera que los anhelos de superación de la pequeña Karlita se basaban en ayudar a los pobres. Cursaba el quinto grado de primaria en la escuela Primero de Junio, y participaba en un proyecto de voluntarios de la Universidad Centroamericana (UCA) —adonde acudía todos los fines de semana— en pro de los niños pobres.
El estudio era su principal entretenimiento. Regresaba del colegio y al poco tiempo empezaba a realizar las tareas de la clase. Por las mañanas ayudaba a su madre en las labores de la casa. “Hacía el café, calentaba el gallo pinto, le daba de comer a la otra niña. Lavaba su ropita, alistaba su uniforme, me ayudaba a cocinar, almorzaba y se iba a su colegio”.
Después de hacer las tareas se iba a ver televisión donde la vecina, el mismo lugar adonde llegó la bala que le quitó la vida, después de atravesar una improvisada tapia de zinc. Iba allí, porque el televisor de su casa estaba en reparación.
Los fines de semana acompañaba a su abuela materna en la venta de pupusas y gaseosas, frente a la Catedral Metropolitana, y ésta le ayudaba con dinero para que cubriera sus gastos básicos. “Si miraba que yo no tenía y ella tenía algunos realitos, me decía: ocupalos. Ella no se fijaba”.
Esperanza describe a su hija como una niña muy bonita. “Era un poquito más clara que yo, era bien amorosa”.
Todavía tres días antes escribió un papel, que decía: “Yo te quiero mucho mamá, te quiero, te amo mucho; a mi papá lo quiero también, te amo, te extraño mucho papá, a mi hermana también, lo extraño mucho porque ya no está con nosotros, por eso nos hace falta, queremos que vuelva”.
Mendoza está separada de su cónyuge y padre de sus tres hijos, quien tiene una nueva pareja, pero aun así visita regularmente a sus vástagos.
SOÑABA MEJORAR EL HOGAR
La niña aspiraba a vivir mejor. “Cuando yo esté más grande y te ayude vamos a componer esta casa, porque la quiero ver de pared (concreto), esta casa está muy feíta, y si tengo un propósito para la gente pobre, y yo soy pobre, Dios me va ayudar a superar”. La casita con piso de tierra, forrada con madera rústica por donde penetran las aguas cada vez que llueve, la construyeron con mucho sacrificio hace doce años.
“Ideas bellas”, dice hoy la madre al recordar a su hija. Esperanza lava y plancha para sostener el hogar. Cuando planchaba, su hija estaba pendiente para ir a dejar la ropa y evitar que ella saliera al aire fresco y se enfermara.
Esperanza tiene 43 años y es fundadora del barrio, adonde llegó hace 20 años. “Era sano” en aquella época, dice.
TEMOR A REPRESALIA
Después de la muerte de Karlita no hay tranquilidad en el hogar de Mendoza, a quien le preocupa que los pandilleros tomen represalias contra su familia por haber pedido justicia.
“Si a mi hijo le sucede algo o a cualquiera de mi familia, nada más que ellos (los pandilleros) son los únicos que me han hecho daño”, dijo, al afirmar que la costumbre de estos grupos es que si la Policía arresta al hechor, “el otro va al desquite con la familia; y si no lo pueden hacer, buscan a otro de su misma calaña, de otro lugar, para hacerle daño a esa familia”.
La Policía aún no detiene a Jonathan, el principal sospechoso de haber hecho los disparos que segaron la vida de la pequeña Karla, al enfrentarse las pandillas “Los Chicleros” y “Los Pegajosos”, de los andenes tres y cinco del “Dimitrov”.
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