Acto de amor

Alberto Rojas M. Con gran estupor y decepción, leí en La Prensa del 28 de julio las declaraciones del sacerdote Francisco Castrillo, quien dice que respaldará a Arnoldo Alemán “sobre todas las situaciones y circunstancias”, y se justifica diciendo que “la Iglesia como madre y maestra, nunca deja de lado a ninguno de sus hijos”. […]

Alberto Rojas M.

Con gran estupor y decepción, leí en La Prensa del 28 de julio las declaraciones del sacerdote Francisco Castrillo, quien dice que respaldará a Arnoldo Alemán “sobre todas las situaciones y circunstancias”, y se justifica diciendo que “la Iglesia como madre y maestra, nunca deja de lado a ninguno de sus hijos”. Yo le pregunto al sacerdote Castrillo que si los miles de miles de nicaragüenses que no queremos la corrupción ni la continuación de Alemán, somos o no somos también “hijos de la Iglesia”.

Como estoy casi seguro de que él no va a contestar, yo le doy la respuesta. Todos nosotros, como templos vivos del espíritu Santo, somos la Iglesia viva que no acepta ni corrupción, ni robos, ni mentiras, ni nada que vaya en contra del amor.

Le transcribo, además, lo que San Pablo dijo en su carta a los Romanos 8, 38-39: “Porque estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes ni las futuras, ni las potestades, ni las alturas ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor que Dios ha manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.”

Para finalizar, quiero decirle al padre Castrillo que no se confunda, que él tiene todo el derecho de apoyar —en su carácter personal— a su amigo Arnoldo, pero que no lo haga en nombre de la Iglesia (que no es él sino somos todos los católicos). Le quiero aclarar también que la lucha en contra de la corrupción no es un acto en contra de alguien en particular, sino que es un acto de amor. Y el amor es la base del cristianismo y de la Iglesia de Cristo.  

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