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Después de diez años de estar elaborando estrategias económicas para reducir la pobreza, un economista alemán llegó al convencimiento de que los grupos poderosos de los países más necesitados son los que impiden aminorar la miseria, a pesar de que a esas élites les convendría acabar con ese mal mundial.
“Tenemos que convencerlos (a los poderosos) de que reducir la pobreza es para su beneficio”, comentó el economista Hans Rimbert Hemmer la semana pasada en Managua, adonde vino a dictar conferencias invitado por la Fundación Konrad Adenauer.
Suponemos que los gobiernos y las grandes empresas enfrentarían menos problemas si la pobreza disminuyera, porque bajarían la presión política y la delincuencia; y subirían el consumo y la recaudación de impuestos, por ejemplo.
Sin embargo, las estadísticas internacionales indican que vamos al revés. La directora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, Gita Welch, dijo hace días que si el progreso mundial continúa lento “habrán de pasar más de 130 años para eliminar el hambre en el mundo”.
Hace su cálculo intuyendo que si el ingreso por habitante crece de forma sostenida en 3.7 por ciento por año, los países con mucha pobreza pueden reducir la proporción de personas que viven con un dólar al día. Lo triste es que durante los últimos diez años sólo 24 países han logrado ese ritmo de crecimiento mínimo. Nicaragua, como ya sabemos, es inestable en ese sentido y este año su economía aumentará el uno por ciento, o menos.
Los políticos son responsables, en gran medida, de la disminución o la expansión del hambre, porque son los encargados de propiciar las condiciones para que los empresarios confíen e inviertan. Además, el gobierno tiene que abrir caminos para que la economía se renueve en momentos de crisis, como la que afronta Nicaragua por los bajos precios del café.
Si ya sabemos que el café es mal negocio ahora, las autoridades pueden ayudar a esos agricultores a entrar en una actividad más rentable, facilitándoles financiamiento y entrenamiento.
Un problema futuro, según Welch, puede ser el desgaste de la democracia, porque “cuando los gobiernos democráticos no responden a las necesidades de los pobres, la población se inclina a dar apoyo a dirigentes autoritarios o populistas que afirman que limitar las libertades civiles y las libertades políticas acelera el crecimiento económico y promueve el progreso y la estabilidad social”.
En Nicaragua hemos visto como la mayoría de la población ha votado a favor de los partidos democráticos, pero también cómo se ha decepcionado al ver que ayudas del exterior y fondos de impuestos de los ciudadanos han sido desviados para beneficio de funcionarios, mientras en las oficinas archivan cientos de documentos sobre cómo acabar con la pobreza, un tema que rebalsa en las proclamas de los partidos.