Rómulo Sánchez Leytón *
“La falsificación y el fraude destruyen el capitalismo y la libertad de mercado, y a largo plazo los fundamentos de nuestra sociedad”
(A. Greenspan)
BERLÍN.- La economía mundial vive una crisis global, y es poco probable que cesará de hoy a mañana, como pronostican los optimistas. El abismo entre los países ricos y pobres crece a nivel mundial. La desmedida desregulación y la codicia por la ganancia, golpea como bumerang al sistema. En su libro “El hombre del rublo”, el zar del petróleo ruso Michael Chodorkowski escribía: “Nuestro compás es la ganancia, nuestro ídolo el capital, nuestra meta los primeros mil millones”. La ganancia parece haberse convertido en el epicentro del cataclismo financiero.
Actualmente el neoliberalismo en Estados Unidos sufre la debacle económica y moral. Se demuestra una vez más que la economía de mercado, no funciona sin control y un orden estatal efectivo. Bush y el Parlamento aprobaron una de las leyes más fuertes desde hace 70 años, con la intención de regular los mercados financieros y empresariales. El objetivo es parar la caída de las acciones y fortalecer la confianza en la bolsa.
El futuro económico del mundo depende de los niveles de consumo de los Estados Unidos. El mismo equivale a 2/3 del PIB de Estados Unidos y cerca de 1/3 del PIB planetario. El consumidor estadounidense es reconocido como comprador patriótico. La misma economía del euro (y en especial la alemana, actualmente casi su único estímulo), depende de lo que ésta exporta y compran los estadounidenses. Por eso es decisivo, si los 270 millones de consumidores norteamericanos, ante el derrumbe de la bolsa, toman o guardan las tarjetas de crédito.
La bolsa ha envenenado la economía, los inversionistas sienten “alergia” y huyen de la bolsa. El riesgo es mayúsculo. Los fraudes y manipulaciones, la corrupción transnacionalizada han desplumado a los que apostaban a la bolsa. La corrupción también se globaliza. El mercado se convulsiona, sólo los estilos cambian, es más sofisticada. Los directivos y las firmas auditoras son responsables de las pérdidas de miles y miles de millones de dólares, encubriendo las deudas, inflando las ganancias, anotando costos como inversiones, en suma fraudes gigantescos, ganancias obscenas. La credibilidad, la confianza, han sido pulverizadas y esto afecta a los grandes centros del sistema. Primero fue Enron, luego Global Crossing, Xerox, Merck, WorldCom, y el lunes pasado el consorcio telefónico Qwest. El capitalismo de casino se tambalea, la lista es interminable.
Los inversionistas venden sus acciones en New York, Frankfurt, Tokio. Mundialmente se han destruido desde la bonanza bursátil a inicios del 2000; 16,000 millones de euros. Sólo en Wall Street se aniquilaron 8,000 millones de euros; el equivalente a 40 veces los ingresos fiscales anuales de Alemania.
Los escándalos y fraudes empresariales en cadena demuestran que existe más capital del que se requiere y puede invertir rentablemente. En la bolsa, sólo existe la ilusión de que se crea valor con elevados riesgos. La mayor parte es pura especulación financiera, pompas de jabón. Ese castillo de naipes se derrumbará, si los flujos de capitales no son dirigidos a otras regiones. El nuevo orden internacional requiere que los recursos financieros se dirijan a los países del Sur para promover un crecimiento sostenido. Allá esperan ser satisfechas las necesidades básicas.
Eso puede ser posible democratizando las economías, estableciendo Estados de Derecho, promoviendo el respeto a los derechos humanos, realizando inversiones en la educación y la infraestructura, propiciando un inteligente traslado del Know-how, defendiendo el medio ambiente. Habrá mejores chances, si también los mercados se abren, no de manera asimétrica —sólo en el Sur—, sino también, en el Norte. De nada sirve financiar con dinero para el desarrollo, una producción más eficiente de azúcar, textilera o de banano, si al mismo tiempo se establecen reglas del mercado que sólo permiten una limitada cuota de exportaciones hacia la UE o Estados Unidos.
Con la caída catastrófica de las cotizaciones y la demanda de consumo, uno de los escenarios que amenaza a la economía mundial es la conocida trampa de la liquidez. El Banco Central de Estados Unidos toma muy en serio esto. Más de una docena de investigadores de la Reserva Federal publicaron un estudio con el título: “Evitar la deflación: Enseñanzas de la experiencia japonesa en los años noventa”. El contenido retoma ese fenómeno, planteado e investigado por el economista británico John Maynard Keynes, antes de la Segunda Guerra Mundial, el cual parecía ya olvidado.
Generalmente el Banco Central puede maniobrar para enrumbar la economía proporcionando liquidez cuando se reducen las tasas de interés. Los bancos comerciales se orientarían con esa nueva tasa de interés. Empresarios y consumidores podrían asumir deudas baratas. Solamente así valdría la pena gastar dinero. Este mecanismo lo ha manejado bien Greenspan. El año 2001 redujo 11 veces las tasas de interés. Quien se quería comprar casa, muebles, autos lo podía hacer. Los intereses que tenían que pagar eran casi imperceptibles. Ello fue una de las causas de la euforia compradora de los norteamericanos, que minimizó la recesión.
¿Qué es lo que pasa, si predomina la deflación? Una reducción de la tasa de interés no ayuda mucho. Ningún empresario o consumidor tomará créditos para comprar una máquina o un auto, si sabe que mañana puede comprar dos con la misma cantidad de dinero. De esa manera, el Banco Central no puede influenciar el rumbo de la economía. Los instrumentos monetarios se vuelven estériles. La economía ha caído en la trampa de la liquidez. En Japón el Banco Central redujo drásticamente la tasa de interés demasiado tarde. También el Estado intentó reactivar la economía aumentando el gasto estatal y no ha sido suficiente. Es poco probable que los estadounidenses cometan ese error. Greenspan ha estado listo a hacerlo, y con el mejor olfato. También Bush no se asusta cuando por ese motivo se aumenta la deuda pública. No se miden las consecuencias, si se trata de bombear dinero a las bolsas de los consumidores.
El temor por una deflación es mayor en los países del euro. En Alemania se mantiene la inflación en 1 por ciento. La causa de esto se encuentra en que la canasta básica, con el que las estadísticas miden el nivel de precios, se actualiza cada dos años. La realidad muestra que los consumidores sustituyen los productos caros con otros de precios favorables. Por otra parte la calidad de los productos se mejora constantemente. La capacidad de las computadoras se eleva y nuevos programas las hacen más efectivas. Es decir, normalmente el consumidor recibe más, cuando deben pagar más. Probablemente esto se ignora por los encargados de las estadísticas.
Los riesgos de la trampa de liquidez para la economía europea son más cercanos al caso japonés. El Banco Central Europeo (BCE) y los gobiernos europeos muestran un comportamiento paralelo a nivel de política económica. A dos años de iniciado el crash bursátil, los ministros de Finanzas se apegan a mantener un presupuesto consolidado y no realizar excesos con el gasto. En Japón tardaron cuatro años en bajar los intereses a niveles que Greenspan necesitó año y medio. Requirieron tres años para aumentar las inversiones públicas etc. La turbulencia del mercado de acciones hizo reducir el pasado 26 de julio las tasas de interés al BC suizo en 0.5 por ciento, alcanzando 0.75 por ciento. Suiza no pertenece a la eurozona. Mientras tanto el presidente del BCE, Wim Duisenberg, y el jefe de los economistas, Ottmar Issing, guardan silencio y reflexionan lentamente.
Los escándalos empresariales, el derrumbe de la bolsa y la amenaza de la trampa de la liquidez tienen en peligro la estabilidad económica mundial. Seguramente el tema de la situación económica mundial será columna vertebral de la cumbre del G-8 en Canadá. Latinoamérica y en general el Sur no será clave en las discusiones, a pesar de la gravedad del caso.
Mientras tanto, el capital es temerario, aunque tímido por naturaleza, seguirá buscando la ganancia. Él “es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas… y no hay crimen a que no se arriesgue, aunque arrostre el patíbulo. Si el tumulto y las riñas suponen ganancia, allí estará el capital encizañándolas”. Hay quienes opinan que hay que alabar el mercado libre, en lugar de atacarlo y hacerle daño. De todos modos la charlatanería no produce ganancia y cada quien es libre de elegir, gozar o no, la dictadura de la última.
* El autor es Doctor en Economía.