Douglas Blanco Aragón
Nuestros gobiernos han dependido por casi dos siglos de la ayuda norteamericana a cambio de permitirle una política de fuerza explotadora de nuestras riquezas naturales y de la producción de los nicaragüenses, dejando a un lado los principios sagrados de nuestra nacionalidad, pisoteando el grito nobilísimo de la independencia, la aguerrida resistencia ante la espada del conquistador, la rigorosa lanza empuñada por nuestros indígenas-héroes ante la represión de trescientos años de la Colonia.
“Las naciones más que los individuos son incapaces de actos desinteresados, y es la tarea de los gobernantes y de los partidos en el poder —sobre todo en los pueblos débiles— encausar los actos de las naciones extranjeras en el camino más provechoso para su propio pueblo. Por esto es necesario la mayor unidad posible en la determinación de lo que es bueno para nosotros, y no jugar con fuego partidista o teorizaciones jurídicas en nuestros asuntos de relaciones exteriores”.
Reflexionemos en base a experiencias históricas, ya que “es una tontería en una nación que tendrá que pagar con una porción de su independencia cualquier favor que acepte de otro país…”.
“No puede haber un error mayor que confiar y planear sobre favores reales de nación a nación. Es esto una ilusión que la experiencia debe curar, que un justo amor propio debe rechazar”.