- El ejemplo de vida, celo apostólico, las muchas obras sociales, la sencillez, así como su papel de promotor de la paz y la reconciliación entre los nicaragüenses han sido algunos de los principales elementos para que la Orden de los Franciscanos haya decidido iniciar el proceso de canonización del padre Odorico D’Andrea, quien durante 36 años ejerció su ministerio sacerdotal en su querido pueblo de San Rafael del Norte
Rosario Montenegro Zeledón [email protected]
El 22 de marzo de 1990, personas allegadas al padre Odorico D’Andrea decidieron por primera vez en 36 años ingresar a su dormitorio en busca de vestimenta y una buena maleta para el viaje de emergencia que debía realizar a Matagalpa, ante el repentino ataque al corazón que sufrió esa madrugada.
La búsqueda no dio los resultados esperados. Allí sólo encontraron una vieja maleta de cuero, unas sotanas remendadas y unas sandalias desgastadas por el uso y el paso del tiempo. Pese a ello el viaje siempre se hizo, pero no tuvo los frutos anhelados. Ese día el templo San José, de Matagalpa, fue testigo de la muerte de quien no sólo fue el cura de los sanrafaelinos, sino su más grande benefactor.
No haber encontrado ningún objeto de valor en la habitación del padre no sería un hecho relevante, de no ser porque por las manos de este cura pasaron cantidades insospechadas e incalculables de dinero que miles de nicaragüenses y personalidades de otros países le depositaron para que impulsara el desarrollo y progreso, no sólo de San Rafael, sino de muchas comunidades de todo el departamento de Jinotega. Además de que él mismo pertenecía a una familia italiana medianamente acomodada.
La explicación que sus feligreses dan es sencilla y única: es que el padre Odorico era un “santo”.
LE PIDEN COMO A UN SANTO
A 12 años de su partida esta creencia de los sanrafaelinos parece crecer cada día, lo que queda evidenciado en cada aniversario de su muerte y todos los domingos cuando centenares de campesinos bajan al pueblo para asistir a las celebraciones religiosas, y no regresan a sus comunidades mientras no visiten su tumba, ubicada en la Capilla del Tepeyac, así como el parque en donde fue edificada una estatua en su honor.
En estos dos lugares la gente se arrodilla y con mucha fe y devoción pide a su padrecito que interceda ante Dios para que le conceda favores personales, para sus familias o amigos cercanos. “Y el padre ya ha concedido muchos milagros”, afirma con mucha seguridad quien por 36 años fue su sacristán, “traductor”, conductor y asistente personal, don Tomás Herrera.
Pero es que la gente de San Rafael del Norte y sus alrededores realmente no está alejada de la realidad, ya que el pasado 18 de junio, el Obispo de Asís, monseñor Sergio Goretti, inició la etapa para la apertura del proceso de canonización del padre Odorico D’Andrea, teniendo como vicepostulador al actual cura párroco de este municipio, el también franciscano Damián Muratori. Paso que ninguna autoridad de la Iglesia da, si no se tiene la certeza de que el “candidato” a santo, sostuvo una vida de santidad y que perdure por lo menos cinco años después de su muerte.
Odorico fue un cura franciscano de origen italiano, que llegó a Nicaragua el 26 de agosto de 1953, un poco después que los obispos Julián Barni y Carlos Sancti, también franciscanos y originarios de Italia.
A San Rafael del Norte llegó seis meses después, el 20 de febrero de 1954, y desde entonces nunca abandonó este lugar, ni siquiera con su muerte, pues fue su voluntad de que sus restos reposaran en una de sus obras más importantes, la Capilla del Tepeyac, en donde cada Semana Santa se celebran los principales actos litúrgicos.
Cuenta don Tomás Herrera que cuando llegó a estas tierras prácticamente no hablaba nada de español, sólo latín e italiano. Sin embargo, pese a los problemas del idioma logró comunicarse con la gente, quien lo primero que le entendió era que necesitaba un sacristán, y fue así como lo recomendaron a él porque ya había desempeñado ese cargo con el anterior cura, el padre José Mamerto Martínez, y como “entendía del latín” porque en ese idioma eran oficiadas las misas, entonces se convirtió en el candidato idóneo.
Cuenta con orgullo que él le sirvió al “padrecito” hasta de “traductor”, y que una de sus primeras “traducciones” fue cuando el cura quería explicar a la feligresía que no hablaba español y les decía “Io no parlare el español”. “Yo, de tantas veces que lo repitió, le dije a la gente: ¡Ah!, él dice que no puede hablar español”.
Una de las primeras cosas que le comunicó que quería hacer era una iglesia “nova, nova y grande”. Así fue que don Tomás fue entendiendo al padre y se convirtió en su mano derecha. “Los dos aprendimos, yo aprendí mucho de italiano y le enseñé algo de español, aunque quien le enseñó más fue el padre Uriel Molina”, recuerda.
Herrera dice que en 1954 San Rafael del Norte estaba compuesto por unas cuantas casas, una iglesia pequeña, no tenía agua potable ni luz eléctrica, y había muy pocas vías de comunicación.
IGLESIA HOY ES PATRIMONIO NACIONAL
Sin embargo, para 1960, el poblado ya contaba con los servicios básicos y se había avanzado mucho en la construcción de la “nova” iglesia, que hoy es Patrimonio Nacional, por su diseño arquitectónico, el atractivo de sus frescos que cubren prácticamente todo el interior del templo, y que son orgullo de los sanrafaelinos.
Y es que según don Tomás, el padre nunca se conformaba con la realización de una sola obra, siempre estaba desarrollando hasta cinco o más a la vez. Por ello no era raro que a la par de la construcción de una capilla también estuviera dirigiendo la instalación de acueductos o gestionando recursos para una escuela, viviendas, un centro de salud, una carretera…
También fue uno de los primeros en traer a este poblado un vehículo, cuando aquí los más pudientes lo que tenían eran carretas y caballos para transportarse. Según don Tomás, 15 días después de ese acontecimiento él se estaba convirtiendo también en el chofer oficial del cura, pese a que ni siquiera conocía un auto.
Y es que ese empeño por llevar el progreso y desarrollo para las comunidades de sus feligreses, así como su gran humildad, fue lo que hizo que convenciera hasta los más incrédulos en asuntos religiosos. De tal forma que, cuenta don Tomás, que un médico jinotegano, quien vivía en “concubinato, porque mire el hombre era reacio, no se confesaba, no iba a misa…, pero un día el padre le dijo que debía casarse, y vea, al día siguiente el hombre se estaba casando y hasta ofreció una gran fiesta”.
Según don Tomás, su amistad y cariño por el padre Odorico era tanta que siempre lo acompañaba a todos los lugares que visitaba, fue así como conoció toda Centroamérica y Panamá, sólo Italia dice que le faltó conocer.
UN SACRISTÁN QUE CONOCIÓ DE LOS MEJORES VINOS Y LICORES
Fue en esos viajes que don Tomás conoció de licores y vinos finos, pues dice que el padre no permitía que se le separara a la hora de las comidas, ya que todos los tragos que a él le servían él disimuladamente se los trasladaba, así no desairaba a sus anfitriones y permitió a su sacristán que probara las bebidas más exquisitas.
Y así la conversación con el “asistente personal” del padre Odorico se nos está haciendo casi interminable, pues a su memoria retornan tantos recuerdos de las actividades del padre, como sus viajes a Italia, de donde dice que regresaba con mucha plata que le daban familiares y amigos para que realizara más obras de progreso en su querido San Rafael y sus alrededores.
También relata cómo nadie en este pueblo le podía negar nada, “pero eso sí, nunca pidió para él”, advierte.
Pese a que don Tomás nos dice que él siempre ha sido un hombre “fuerte y serio”, no puede evitar que su voz se le entrecorte y sus ojos se humedezcan cuando recuerda aquella mañana del 22 de marzo, cuando el padre Odorico se despidió de él y no le permitió que lo acompañara a Matagalpa, porque le dijo: “Usted no me dejé el Tepeyac, y si acaso no volviera, allí está el Consejo Parroquial y el padre Paco”.
Don Tomás nunca más vio con vida al padre Odorico, pues ese mismo día, a las 12 en punto, en la Iglesia San José de Matagalpa expiró el que quizás será nuestro segundo santo nicaragüense.
EL NORTE LLORO MUERTE DE DOS «SANTOS»
El 22 de marzo de 1990, en diferentes lugares del país y sólo con unas horas de diferencia, dos sacerdotes de origen italiano fallecieron. Ambos dejaron una huella imborrable a través de sus diferentes obras para los más humildes y desamparados. Odorico D’Andrea expiró en Matagalpa, y sus restos descansan en San Rafael del Norte; mientras que el también querido y ejemplar padre Rafael María Fabreto murió en Managua, y fue enterrado en San José de Cusmapa.
Además:
Proceso de canonización, un costoso y largo proceso
“Los milagros” de Odorico
Los misterios del padre Odorico D’Andrea