Oscar Flores [email protected]
La visita del Papa en ocasión de la XVII Jornada Mundial de la Juventud trae la atención de todos los ojos del mundo hacia Toronto, capital de la provincia de Ontario, de casi 4 millones, y una de las ciudades más importantes de Canadá. Yo soy uno de sus residentes, pero de cuna nicaragüense —muy nica— y doy testimonio que aunque no es la Utopía de Tomás Moro, es una ciudad con extraordinaria tradición de inclusión y tolerancia, de mucho respeto a la diversidad de culturas y fe religiosas. Sin lugar a equivocarme, no hay otro lugar en el planeta en donde se pueda vivir con el entendimiento y coexistencia tan multicultural como en Toronto. Es esta ciudad la que le ha dado una calurosa y bien merecida bienvenida al Papa Juan Pablo II.
El Pontífice, de mirada rígida, cuerpo doblado, y voz frágil, y a pesar de su edad y mal estado de salud, mostró un increíble coraje en la ejecución del acto protocolario al arribar al aeropuerto Internacional de Toronto, el cual ha sido de elogio e inspiración para todos los torontonianos. Judíos, islámicos, protestantes, y agnósticos, como yo, admiramos su carisma, actividad y determinación para traer paz y dignidad en este mundo de muchas injusticias.
Él comanda un aura poderosa cuando transmite sus mensajes políticos o teológicos que trasciende sus limitaciones físicas. Él es el Papa que ayudó a derrumbar el comunismo, buscó reconciliación con los judíos, viajó a Cuba y criticó el embargo norteamericano y al mismo sistema opresivo de Castro. Él es el Papa que ha tomado beligerancia contra la injusticia del capitalismo, y ahora el globalismo, como también ha apoyado decididamente la condonación de las altas deudas de los países altamente subdesarrollados.
El Papa, a diferencia de sus predecesores, ha extendido su mano de amistad a otros grupos religiosos. Él fue el primer Papa en la historia de la fe religiosa en compartir oración con la Iglesia Protestante, visitó una sinagoga, se dirigió a los musulmanes en una mezquita y oró en la Basilica de San Pedro con los luteranos.
Sin embargo, su visita se da cuando en la Iglesia que él guía existen divisiones serias en cuanto a las enseñanzas teológicas, de su conducción, de coexistencia y acomodamiento con los grandes cambios sociales que ha dejado a muchos católicos desilusionados. Y esto es irónico, puesto que el Pontífice ha sido la figura gigante en la lucha por los derechos humanos. El Papa no tiene tiempo para los sacerdotes que desean casarse, para el aborto, el derecho a la eutanasia, o la ordenación de la mujeres, y llamó a los anticonceptivos “un desprecio a la vida humana”, aun cuando en África miles de personas mueren diariamente por los estragos del Sida. En esto el Papa ha sido un enigma; su silencio refleja que él es de un pensamiento ultraconservador que fricciona con el mundo que está en constante cambio.
Pero hay esperanzas, hay aperturas que el Papa mismo las ha proyectado con su determinación y dinamismo. No hay duda que el futuro del catolicismo está en las manos de todos los jóvenes que asisten a esta Jornada Mundial (en Ingles: World Youth Day). Creo que toda esa dinámica y perseverancia del Papa, sendero muy difícil de repetir, va a inspirar a miles de jóvenes en la búsqueda de diálogo para convencer a sus líderes espirituales en la renovación y examen de una nueva visión religiosa.
Ciertamente, Toronto es un lugar ideal a esa nueva visión de cambio. Es realmente necesario.
El autor es economista.