Emilio Álvarez Montalván
La lista de discrepancias entre la Unión Europea y Estados Unidos se agranda. Se trata de contradicciones aparentemente superables, pero que en el fondo revelan la contrariedad europea a la tendencia del gobierno de George W. Bush, de imponer a otros las posiciones de su propia política exterior. Esta situación causa que los problemas planteados o sean resueltos unilateralmente por los EE.UU. o queden pendientes de un arreglo de plazo indefinido. La única excepción en la disputa es la cooperación sin fronteras respecto a la lucha contra el terrorismo.
Por otra parte, las desavenencias EE.UU.-UE incluyen temas políticos, militares y económicos. Así por ejemplo, la Corte Penal Internacional, recientemente entrada en vigor, es boicoteada por la administración Bush, quien exige inmunidad para los ciudadanos estadounidenses que integren las misiones de paz de la ONU. Argumenta Washington que el nuevo organismo se politizará. En cambio UE aprecia esa negativa como arrogante.
En el Oriente Medio, la Casa Blanca insiste en descalificar a Yasser Arafat como interlocutor del proceso de paz con Israel, por juzgarlo incapaz de controlar a los suicidas. Los europeos en cambio creen que nadie debe inmiscuirse en la selección del líder de la autoridad palestina.
El eje del mal, como llama el presidente Bush a Irak, atribuyéndole la fabricación de armas químicas, biológicas y nucleares destructivas, le obligaría a impulsar la salida de Saddam Hussein mediante una acción militar, algo que no apoya UE (excepto Gran Bretaña) y mucho menos el mundo árabe, como lo comprobó el vicepresidente Cheney en su reciente visita a esa región. Sin un consenso como el logrado en la guerra del Golfo Pérsico, sería muy incierta tal actividad, estiman los europeos.
El protocolo de Kyoto que defiende el ecosistema mundial, también separa a los europeos de los estadounidenses. Los primeros respaldan aquel acuerdo que logró la adhesión del propio Clinton. El documento demanda que los países industrializados bajen sus niveles de emisión de gases contaminantes y que además se conceda tolerancia al mundo subdesarrollado, exigencia que rechazan los EE.UU. por juzgarla perjudicial a sus industrias pesadas y además discriminatorias.
La deuda del tercer mundo. En esto los norteamericanos son más amplios que los europeos, pues prefieren donar a prestar al mundo subdesarrollado, que de todos modos no puede cancelar tales deudas. Prefieren los EE.UU. que se les exija cumplir con las reglas preventivas ordenadas por el Fondo Monetario Internacional y en caso de crisis graves, auxiliarles. A su vez la Unión Europea estima que esa política de condonación causaría limitaciones en el financiamiento. A ese respecto, el drama argentino está en la mente de todos, especialmente ahora que Duhalde como lo hizo Alfonsín, ha adelantado las elecciones generales. Si en aquella gran nación ha podido sobrevivir el Estado es porque todavía existen instituciones. Ello permitió el traspaso legítimo y reiterativo del poder público. Lo trágico de todo es que la clase media argentina que era su fuerte, sale gravemente herida.
La cuestión de las tarifas del acero evidenció el comienzo de una guerra comercial. En realidad el resentimiento de UE por la hegemonía con que EE.UU. ejerce su poderío mundial, sólo puede arreglarse en base a negociaciones. Todavía Europa no dispone de un sistema de seguridad autónomo y fuerte y el mercado norteamericano sigue atractivo. La conclusión es que algo debe arreglarse para establecer un equilibro entre las naciones industrializadas, después del fin de la guerra fría. Una de las cuestiones fundamentales pendientes es la reforma de la ONU y especialmente la ampliación del Consejo de Seguridad. No es realista que países tan influyentes como Japón y Alemania no sean miembros permanentes, como tampoco falten con ese status, naciones del tercer mundo.
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.