El Papa: Un sembrador de luz y de esperanzas

José Esteban González [email protected]

No obstante su edad y sus dolencias, el Ppapa Juan Pablo II sigue sembrando luz y esperanza y suscitando amor por donde pasa. Al contemplar su frágil figura, todos quisiéramos estar a su lado para sostenerlo respetuosamente durante las largas ceremonias litúrgicas.

Sabemos, sin embargo, que ese anciano frágil y tembloroso es el hombre más influyente de la Tierra. Su influencia no se deriva de riquezas ni de la capacidad de imponer sus decisiones por la fuerza, sino de la capacidad de comunicar su visión optimista de la historia y de la autenticidad de su entrega al servicio de la humanidad. Su poder se fundamenta en la fórmula más pragmática y eficaz del quehacer político en su sentido más noble y amplio: servir es reinar. O dicho de otra manera: “El que quiera ser el primero, que se haga servidor de los demás”.

Juan Pablo II no solamente ha sido “servidor de los servidores de Dios”, como reza uno de sus títulos, sino servidor de todos los seres humanos, sin distingos de raza, de edad o de sexo.

Por eso no debemos dejar para más tarde el reconocimiento y la admiración de su obra. Debemos manifestarle nuestro agradecimiento ahora cuando aún camina entre nosotros sembrando esperanza. Sus escritos y sus gestos deben ser estudiados con rigor científico y asimilados con avidez y pasión.

Desde sus años mozos, Karol Wojtyla fue una figura cautivadora y convincente. Como joven sacerdote y obispo, luchó por la justicia y la libertad con inteligencia y valentía. Como pastor de campesinos y de obreros, sufrió en su Polonia natal junto con ellos y denunció esos fenómenos inhumanos y horrendos que han sido el nazismo y el comunismo.

Como pontífice, levantó su voz profética hasta derribar los muros de ignominia que dividían a los pueblos de Europa y con igual fuerza ha denunciado los abusos del capitalismo salvaje y los peligros de una globalización sin frenos.

Al arrodillarse humilde y penitente ante los hornos crematorios y ante el Muro de Lamentaciones, ha realizado los gestos más elocuentes y más fraternos que se han hecho desde la Iglesia Católica hacia nuestros hermanos judíos. Su piadosa visita a una mezquita ha propiciado la confianza entre cristianos y musulmanes más que ningún otro gesto.

Su estricto apego a la ortodoxia doctrinal y moral no le ha impedido abrazar con respeto y afecto no sólo a representantes de otras confesiones cristianas sino también a budistas, musulmanes, judíos, sintoístas, animistas, etc. y orar junto con ellos al Padre de todos los hombres, sean o no creyentes.

Sus más de noventa viajes a todas las latitudes lo ha convertido en peregrino de la paz y de la fraternidad universal, en defensor de los pobres, en flagelador de todas las injusticias y en perdonador de todas las injurias. Por eso, cuando recorre las calles y plazas de ciudades del mundo entero no sólo acuden a saludarlo ciudadanos bien pensantes y prósperos, sino también mendigos, enfermos de Sida, drogadictos, vagabundos y prostitutas.

En su viaje a Toronto para presidir la Jornada Mundial de la Juventud, los jóvenes del mundo entero lo rodearon y escucharon con embeleso. No les preocupó tener que contentarse con ver de lejos a un anciano encorvado y tembloroso. Lo que quierían era redescubrir el sentido de su existencia y entrever por la fe un mundo nuevo donde la paz y la justicia habitarán. Y esos jóvenes que cantaron y bailaron como locos, estaban seguros de no ser defraudados pues Juan Pablo II, en su dulce y serena ancianidad, encarna la eterna juventud no sólo de la Iglesia de Cristo sino de la humanidad misma, en la que perdura la fuerza inagotable de vida que le infundiera el Creador.

Por eso y por mil razones más, debemos los ciudadanos de todo el mundo, creyentes o no, viviendo en democracia o bajo dictaduras, manifestar —con palabras y con hechos— a este hombre excepcional, quizás el más magnánimo y generoso que hayamos conocido: Gracias Juan Pablo II ¡todos te queremos porque tú nos has amado y servido a todos!

El autor es fundador de la Comisión Permanente de Derechos Humanos  

Editorial
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