Jorge [email protected]
Bien se dice que quien es ladrón es ladrón, y que quien lo es robará siempre, independientemente de cuán bien pagado esté en su trabajo o de cuánto dinero tenga. De igual manera creo entonces que podemos decir que el que es honrado es honrado, y que, independientemente de que su paga sea poca o de que no tenga capital, es muy probable que, a pesar de todo, no robará. ¿No es así? Así es; pero cuidado. Hay un adagio de tipo prudencial que dice: “En arca abierta el justo peca”. Me parece que ese refrán contiene una gran verdad, ya que toma en cuenta la fragilidad de la naturaleza humana; la realidad de la tentación.
Vemos entonces que el que posee la virtud de la honradez no puede presumir de que la tendrá por siempre, sino que está expuesto a perderla en cualquier momento. (Recuerdo a un viejo amigo que con sorna solía decir que todo mundo es honrado… hasta que deja de serlo). No sé cuántos justos habrán sucumbido en el gobierno anterior, pero sí sabemos que los mañosos, ante las puertas en pampas del Estado, se sirvieron con cuchara grande.
En todo esto tiene mucho que ver el tipo de incentivos que existan. Cuando prevalecen los incorrectos, se fomentan actitudes indeseadas y actos de corrupción. Y con frecuencia sucede que esos incentivos están implícitos en las leyes mismas. En la Ley de Inmunidad, por ejemplo. ¿Es que acaso podemos dudar de que muchos de los que robaron en la Administración pasada no tenían puestos sus ojos en una diputación mucho tiempo antes de cometer su primer fechoría? Su razonamiento obedecía a una lógica muy simple: robar lo más posible en el tiempo disponible, y, como miembro del grupo del “hombre”, conseguir después una diputación. Pasarse cinco años inmune en la Asamblea Nacional o en el Parlacen, y con aquello de la prescripción de delitos, pues… “¡apurate, Macario, que esto no es diario!”
O como sucede con el método para elegir diputados que establece la Ley Electoral. Los que están en los primeros lugares de la lista son los que tienen una oportunidad real de salir electos. Los que están en la parte baja de la lista no tienen ninguna, independientemente de su capacidad o del aprecio que puedan tener por ellos los electores. Resulta, entonces, que el incentivo que tiene el mandamás del partido para poner en esos primeros lugares a los más sumisos a él, es enorme.
Los incentivos incorrectos, o perversos, han tenido también mucho que ver, aunque de forma parcial, en las recientes quiebras de algunas empresas en Estados Unidos. Una forma de compensar a los ejecutivos en ese país es mediante el otorgamiento de opciones para comprar acciones de las compañías para la cuales trabajan. Siendo así, los ejecutivos se dan cuenta del poderoso incentivo que existe para elevar lo más posible el valor de sus acciones en el menor tiempo posible, ya que pueden venderlas y ganar un montón de dinero. Una manera de aumentar el valor de las acciones es ocultando gastos, como lo hizo la empresa WorldCom, que ocultó gastos por casi 4 billones de dólares para hacer aparecer utilidades mayores a las reales. Algunos ejecutivos que conocían la verdadera situación de sus respectivas empresas, vendieron sus acciones a precios altísimos poco antes que quebraran, derivando en el proceso un enorme beneficio financiero personal.
Pero esto de los incentivos es algo que está presente en cualquier campo del accionar humano. Tomemos por ejemplo el caso del doctor Arnoldo Alemán en la Asamblea Nacional. Es bien sabido que Alemán considera la Asamblea como una trinchera de protección en la ofensiva contra la corrupción que impulsa el gobierno de Bolaños. El diputado Alemán tiene, en consecuencia, un poderoso incentivo para poner en contra de Bolaños todo el peso de la institución que él controla. Necesita que este gobierno fracase. De ahí que la Asamblea Nacional, que es un poder del Estado que debe estar al servicio de la nación, ha sido desnaturalizada y convertida en un instrumento de freno al desarrollo y en fuente de inestabilidad política.
Haciendo un esfuerzo por identificar los incentivos que motivan las acciones es que podemos comprender por qué las cosas son como son, y si queremos que ellas sean diferentes, no basta a veces con cambiar personas, sino que hay también que cambiar los incentivos.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.