Carlos Chamorro [email protected]
“El acero de la guerra o el olivo de la paz”
Cuando el célebre naturalista inglés Thomas Belt vino a Nicaragua de la que escribiría más tarde el libro preferido de Charles Darwin —rescatado y, traducido por el Dr. Jaime Incer Barquero y publicado debidamente por el BCN (Banco Central de Nicaragua) con bellas fotos de Franco Peñalba—, hizo un comentario acertado pero incorrecto sobre la disputa entre ambas naciones por el río. Belt se lamentó de que estas dos pobres naciones no pudiesen llegar a un arreglo amistoso sobre asunto tan importante como era la navegación por dicho río.
Lo que Belt ignoraba e ignoran la inmensa mayoría de los nicaragüenses y ya no digamos los costarricenses —y que es básico para comprender el problema— es la actitud que ha tenido Nicaragua desde el principio, valiente y ge-nerosa fundamentada en su propio derecho indiscutible. El historiador José Dolores Gámez en su libro (que debiera ser libro de texto junto con los otros historiadores como Ayón, O. Arancibia y J. Pérez, aparte del mismo Belt y Squier) Historia de Nicaragua, Parte Tercera. Capítulo XXVII, p. 461, escribe un párrafo escueta y lacónicamente que debiera estar en letras de oro. Dice él: “…quiso Costa Rica tener también la navegación del río y lago, y Nicaragua no sólo no se lo impidió, sino que la convidó a confundir las propiedades y las soberanías de ambos países, para no formar más que una sola república”.
Simplemente increíble. Actitud más noble, digna, generosa y visionaria que la de una Nicaragua postrada por la gue-rra no puede concebirse. Y no se crea que es por cobardía y debilidad que Nicaragua adopta esta actitud. Todo lo contrario, porque cuando Costa Rica abusivamente arremete a Nicaragua a principios de octubre de 1857 y envía al Cnel. Cauty al mando de un buque de guerra intimidando al Tnte. Cnel. Segundo Cuaresma, jefe de la guarnición nicaragüense en San Carlos, éste no se intimida y ordena a Cauty que aleje su vapor del alcance de sus cañones.
Y añade Gámez: “Tan luego fue conocida en Nicaragua aquella inicua agresión, sin declaratoria previa de guerra y con abuso de la confianza generosa que se había permitido a Costa Rica (el comisionado general Cañas había soli-citado en nombre de su gobierno la posesión temporal del Castillo Viejo, a lo que había accedido Nicaragua con la sola restricción de tener allí sus empleados de hacienda), el país entero se levantó amenazante como si fuera un solo hombre, pidiendo a gritos la guerra. El gobierno correspondió a esta actitud de los nicaragüenses, declarando con fecha de 19 de octubre de 1857, que aceptaba la ruptura de las hostilidades”.
Por suerte no pasó de allí la cosa, porque como añade Gámez: “Aquella actitud enérgica y decidida, aquel entusiasmo general en un pueblo que se creía abatido, sorprendieron al Presidente Mora. El pueblo costarricense, honrado, pacífico y enemigo de aventuras, no tenía el mismo entusiasmo que el de Nicaragua, ni aprobaba el papel que su Presidente quería ha-cerlo representar ante el mundo…” Luego vendrían las conversaciones que desembocarían en el Tratado Cañas-Jerez, seguido del Laudo Cleveland y el Tratado Matus-Pacheco.
No se trata, desde luego, de exacerbar pasiones, sino más bien de lograr un ambiente propicio para la tan ansiada unión centroame-ricana, que en mi opinión no puede darse mientras no resolvamos nicaragüenses y costarricenses este asunto. O sea que el río San Lorenzo entre USA y Canadá “mutatis mutandis”, es la pieza clave. No hay que olvidar que el río San Juan es el verdadero parte-aguas geográfico entre ambas Américas. En ese sentido, la reunión de Granada —ningún otro lugar mejor que ese— de presidentes de Centro América es un magnífico augurio para lograrlo.
El autor es analista político.