Grito de guerra

Eduardo Enríquezeduardo.enrí[email protected]

Aquí hace falta un grito de guerra. Un llamado que galvanice ese hastío que siente la gente ante tanta corrupción, ante tanto robo burdo y descarado.

Ya estamos claros de cómo fue saqueado el Estado en los últimos cinco años. Uno habla con cuanto ciudadano se encuentra y —la mayoría, en una relación de casi 100 a 1— expresa su indignación y su deseo para que los culpables sean castigados. Pero hasta ahí nomás.

La corrupción, esa manía de ver al Estado como un botín de guerra, es lo que nos ha mantenido hundidos en el subdesarrollo. Nada más. La guerra, la pobreza, el analfabetismo, el atraso, todo lo demás, viene por añadidura. Se deriva de que desde siempre los gobernantes que hemos tenido se han preocupado por ordeñar las arcas del Estado en su beneficio y no han usado los escasos recursos que tenemos en promover con eficiencia los factores que garantizan el desarrollo.

Pero al parecer no entendemos el momento histórico que estamos viviendo. Por primera vez, alguien en una posición de poder impulsa una lucha contra la corrupción y ha tomado pasos concretos hacia ese fin. Al fin en este país hay delincuentes de cuello blanco presos.

Sin embargo, el resto de nosotros nos hemos simplemente acomodado en nuestra butaca de espectadores, como si estuviéramos acudiendo a una función de cine. Eso no sería del todo malo si, como en el cine, tuviéramos garantizado que “los malos” van a perder y “los buenos” van a ganar y van a marcharse victoriosos hacia el poniente.

Nuestra situación es diferente. Los corruptos no son mancos, y a excepción del Ejecutivo, tienen copado el Estado. Los corruptos han reaccionado con fuerza, y están usando las armas que tienen para descarrilar —no sólo la lucha contra ellos— sino al gobierno entero.

El recorte presupuestario de hace unos días ha dejado al Ejecutivo prácticamente en la bancarrota y si continúan retrasando la aprobación de la reforma tributaria, este año no va a entrar el dinero líquido de los organismos internacionales. Si no entran los 90 millones de dólares que debían ya estar viniendo, no sólo el Gobierno, sino todo el país se va a paralizar. Los corruptos están tomando medidas para asegurarse que se cumpla lo que han estado agorando. Las posibilidades de que pongan de rodillas a este gobierno y paralicen la lucha contra la corrupción son reales.

Y esa posibilidad no va a desaparecer mientras Arnoldo Alemán mantenga los votos suficientes para controlar la Asamblea Nacional, no importa cuántos casos de robo estén comprobados. Para arrebatarle ese control, el presidente Enrique Bolaños sólo tiene dos opciones. O conquista la lealtad de algunos diputados de la misma manera que la conquistó Alemán, o hace uso del respaldo popular y los presiona con la fuerza de los votantes. Ya don Enrique dijo que eso de comprar lealtades no va con él, entonces ¿cómo sacudirle la modorra a este pueblo?

Aquí, de nuevo, la llave la tiene don Enrique. Debe convencerse que la lucha contra la corrupción no es sólo jurídica. Debe montar, ya, un plan maestro que le explique a la gente las consecuencias de esta guerra y las consecuencias de las acciones de los corruptos. Que llame a la gente, que la movilice. Pero para eso él tiene que lanzar el grito de guerra.  

Editorial
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